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CRÍTIAS ó
LA ATLÁNTIDA.

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Esquela de la edad del
Bronce de El Viso (Los
Pedroches-Córdoba). Tiene
paralelismo con la hallada
en el yacimiento tartésico
de Cancho Roano (Zalamea
de la Serena-Badajoz).
Algunos investigadores la
interpretan como la figura
de un guerrero defendiendo
su ciudad. En éste caso, la
mítica Atlántida. |
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Timeo - Crítias - Sócrates -
Hermócrates.
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TIMEO
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Cuan agradable me es, Sócrates,
poder, como sucede después de un
largo viaje, descansar anchamente al
ver terminado este discurso. Yo
suplico á ese Dios, cuya existencia
es muy antigua, pero que en cierta
manera acaba de nacer de nuestra
misma conversación, que si lo que
hemos dicho ha sido oportuno, nos lo
tome en cuenta; y que nos imponga el
castigo á que nos hayamos hecho
merecedores, si hemos pronunciado,
sin quererlo, alguna palabra
inconveniente. Pero ningún castigo
más justo para el que se engaña, que
ilustrarle. A fin, pues, de que en
lo sucesivo nuestros razonamientos
sobre la generación de los dioses
sean verdaderos, suplicamos á este
dios, que nos conceda el mejor de
los talismanes, el talismán por
excelencia, la ciencia. Hecha esta
invocación, cedo la palabra á
Critias, conforme á lo acordado.
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CRITIAS
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La acepto, mi querido Timeo. Pero
la misma indulgencia que has
reclamado, cuando principiastes tu
discurso, reclamo yo ahora. Querría
alcanzarla mayor aún, atendido el
objeto que debo tratar. No se me
oculta que pueda tenerse por
ambiciosa, y si se quiere, hasta por
un poco inconveniente mi súplica;
mas, sin embargo, estoy resuelto á
hacerla. No se trata de negar las
verdades, que tú nos has expuesto;
¿ni qué hombre sensato se atreverla
á hacerlo? Pero debo esforzarme para
convenceros de que mi tarea es aún
más difícil; y, por consiguiente,
que tengo necesidad de mayor
indulgencia.
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Cuando se habla de los diosas á
los hombres, mi querido Timeo, es
infinitamente más fácil
satisfacerlos, que cuando se les
habla de los mortales, es decir, de
ellos mismos. En efecto, la
inexperiencia, ó más bien, la
completa ignorancia de los oyentes,
deja el campo libre al que quiere
hablarles de cosas que ellos
no-conocen; y tratándose de los
dioses, ya sabemos á qué atenernos
(1). Concebiréis más claramente
esto, si fijáis vuestra atención en
lo que voy á decir. Nuestras
palabras son necesariamente una
imitación ó imagen de alguna cosa.
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Supóngase un pintor, que se
proponga representar las cosas
humanas ó las obras de la divinidad
en general (2); desde luego vemos la
facilidad ó dificultad que
experimenta al imitar estos diversos
objetos, para poder contentar al
espectador. Si pinta la tierra, las
montañas, los ríos, los buques, el
cielo entero y todo lo que él
comprende, así como todo lo que en
él se mueve, nos daremos desde luego
por satisfechos, por poco que haya
sido su arte y escasa la semejanza
conseguida al reproducir estos
objetos; y en tal caso, desprovistos
nosotros de todos los conocimientos
precisos, no pensamos en examinar
nada, ni en criticar nada, y nos
damos por satisfechos con un
bosquejo incierto y engañoso.
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Pero que el pintor trace los
rasgos de la humanidad, nuestros
hechos propios, como el hábito de
verlos nos los ha hecho familiares,
notamos inmediatamente las más
ligeras faltas, y nos convertimos en
jueces severos del cuadro, si no ha
reproducido su modelo con una
completa fidelidad. Lo mismo sucede
con los discursos. Cuando se trata
de las cosas celestes y divinas,
basta que se hable de ellas con
alguna verosimilitud; pero cuando se
trata de las cosas mortales y
humanas, las examinamos con un
espíritu riguroso.
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Por lo tanto, si á causa de que
voy á hablar sin preparación, se
nota que se me escapa ó que incurro
en alguna inexactitud, es preciso
perdonármela; porque no es fácil, y
antes bien es muy difícil, expresar
las cosas que nos conciernen de una
manera conveniente. No hay que
olvidarse de esto. Hé aquí,
Sócrates, lo que deseaba recordaros.
Hé aquí cómo quería reclamar para mi
discurso, no un poco, sino un mucho
de indulgencia. Mis palabras no
tienen otro objeto; y si os parece
que tengo algún derecho á exigiros
este favor, concedédmelo de. buena
voluntad.
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- SÓCRATES.
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¿Por qué no concedértelo, Critias?
También habremos de dispensar la
misma gracia á Hermócrates, que
hablará el tercero. Porque es seguro
que apenas le llegue el turno, nos
hará la misma súplica que tú. Y para
que piense en otro exordio, y no se
crea obligado á repetir tus
palabras, tenga entendido desde
ahora, que le dispensamos la misma
indulgencia. Por lo demás, te daré á
conocer, mi querido Critias, las
condiciones del público, á quien vas
á dirigirte. El actor, que acaba de
representar su pieza, ha alcanzado
un maravilloso éxito, y agotaremos
toda nuestra benevolencia, para
ponerte en estado de poder rivalizar
con él.
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- HERMÓCRATES.
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Me doy ya por prevenido,
Sócrates, al mismo tiempo que
Critias. Pero dime, Critias: ¿no
sabes que jamás los cobardes
alcanzaron trofeos? Así, pues, es
preciso que marches de frente y que
discurras con resolución; es preciso
quE después de haber invocado á
Apolo y á las Musas, hagas la
pintura de nuestros conciudadanos y
celebres su valor.
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- CRITIAS.
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·Critias
comenta como los sacerdotes
egipcios cuentan a Solón el
relato que sigue.
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Bien, mi querido Hermócrates;
como tu vez no llegará hasta mañana,
y otro debe aún precederte, te
presentas ahora muy valiente, pero
no tardarás en saber por ti mismo si
la tarea es fácil. Sin embargo, no
me haré sordo ni á tus exhortaciones
ni á tus excitaciones, y sin olvidar
las divinidades que acabas de
nombrar, llamaré en mi auxilio á
todas las demás y singularmente á
Mnemosina; porque de ella depende la
mayor parte de mi discurso. Si la
memoria me acompaña; si puedo
referiros fielmente las antiguas
historias de los sacerdotes egipcios
importadas á estos lugares por
Solón, creo que mi público quedará
convencido de que he cumplido mi
deber. Es preciso, pues, entrar en
materia sin más demora.
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· Nueve
mil años atrás hubo una guerra
"entre entre los pueblos que habitan
más acá y más allá" de las columnas
de Hércules: Atenas y la federación
de reyes de la Atlántida. La
Atlántida,
que
se sumergió en en mar por
causa de terremotos,
tenía un tamaño
"más
grande que la Libia y el Asia" quedó
reducida a un escollo que impide la
navegación en esa parte de los
mares.
Ante todas cosas recordemos, que
han pasado nueve mil años después de
la guerra, que, según dicen, se
suscitó entre los pueblos que
habitan más acá y más allá de las
columnas de Hércules. Es preciso que
os dé una explicación de esta guerra
desde el principio hasta el fin. De
una parte estaba esta ciudad (3);
ella tenía el mando y sostuvo
victoriosamente la guerra hasta lo
último. De la otra parte estaban los
reyes de la isla Atlántida. Ya hemos
dicho, que esta isla era en otro
tiempo más grande que la Libia (4)
y el Asia; pero que hoy día,
sumergida por los temblores de
tierra, no es más que un escollo que
impide la navegación y que no
permite atravesar esta parte de los
mares. En el curso de mi historia
hablaré por su orden de todos los
pueblos griegos y bárbaros que
existían entonces, pero debo
comenzar por los atenienses y por
sus enemigos, y daros razón de sus
fuerzas respectivas y de sus
gobiernos. En su vista, pues, de
nuestra ciudad es de la que debemos
ocuparnos desde luego.
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·Los dioses repartieron las
tierras entre sí. Vulcano y
Minerva recibieron lo que Critias denomina "nuestro país".
Sus habitantes, que se
refugiaron en las montañas, han
olvidado la historia de
sus mayores, aunque conservan la
tradición de algunos de sus
nombres. Recuerdan nombres de
personas y héroes, pero no sus
acciones.
Los dioses dividieron entre sí en
otro tiempo la tierra toda, comarca
por comarca, y esto sin que se
suscitara alguna querella, porque no
puede admitirse racionalmente, ni
que los dioses ignoraran lo que á
cada uno de ellos con venia, ni que,
sabiéndolo, se robaran los unos á
los otros el lote que les
pertenecía. Habiendo obtenido como
resultado de la justicia y de la
suerte lo que querían, se
establecieron en cada país; y
después de haberse fijado en ellos,
á la manera de lo que los pastores
hacen con sus ganados, se
consagraron á procurar el alimento y
la educación á los hombres, que eran
á la vez sus hijos y su propiedad.
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Sin embargo, no emplearon la
violencia como los pastores que
castigan suavemente á su ganado para
conducirle. Sabían que el hombre es
un animal dócil, é imitando al
piloto que conduce la nave, y
sirviéndose de la persuasión como de
un timón para mover el alma á su
gusto, dirigieron y gobernaron así
la raza toda de los mortales. Así
gobernaron las demás divinidades en
los países que les tocaron en
suerte. Pero Vulcano y Minerva, que
tienen la misma naturaleza, como
hijos que son de un mismo padre, y
que están animados del mismo amor á
las ciencias y á las artes,
recibieron como lote en común
nuestro país, que les con venia y se
adaptaba maravillosamente á su
virtud y á su sabiduría.
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·Los dioses hicieron hombres de
bien. Con "la ruina de sus
sucesores" y el tiempo perecieron,
sobreviviendo sólo los que
"escapando a los desastres"
que habitaban en las montañas.
Carecían de letras, cultura y
tenían escasos medios de
subsistencia. Habían olvidado su
historia conservando solo algunas
tradiciones. Empezaron a recuperar
el pasado cuando algunos ciudadanos
tuvieron resueltas las "cosas
necesarias para la vida.-
De los indígenas hicieron hombres
de bien, y pusieron en su corazón el
amor al orden político. Los nombres
de estos hombres se han conservado,
pero el recuerdo de sus acciones ha
perecido con la ruina de sus
sucesores y con el trascurso de los
tiempos. La única raza, que ha
escapado á estos desastres, ya lo
hemos dicho, es la que habita las
montañas, y que, sin letras y sin
cultura, sólo recordaba los nombres
de los que habían sido dominadores
del país, sin saber nada ó casi nada
de sus grandes hechos. Haciéndolo
por punto de honra dieron estos
nombres á sus hijos; pero en cuanto
á las virtudes y á las instituciones
de sus antepasados, sólo conocían lo
que les había sido trasmitido por
una oscura tradición.
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Dada la escasez de subsistencias
para el sostenimiento de la vida,
escasez que duró por espacio de
muchas generaciones; ocupados ellos
y sus hijos en procurarse la
satisfacción de sus necesidades, y
entregado el espíritu á este solo
objeto, para nada se cuidaron de los
sucesos, que en otro tiempo se
habían realizado. El estudio y la
historia de las cosas antiguas se
introdujeron con el ocio en las
ciudades, cuando cierto número de
ciudadanos, teniendo aseguradas las
cosas necesarias para la vida, no
tuvieron después que preocuparse
bajo este punto de vista, Y he aquí
como los nombres de los antiguos
héroes se han conservado sin el
recuerdo de sus acciones.
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·Recuerdan nombres anteriores a
Teseo conocidos por sacerdotes
egipcios y que éstos mencionaron
a Solón. La participación en las
guerras eran iguales para hombre
y mujeres, usando ambos
armaduras en las batallas.
El ejército y los sacerdotes
vivían separados del resto de la
población, sin propiedades pero
recibiendo lo necesario para la
subsistencia. Su estatus
económico era semejante al del
resto de los ciudadanos.
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Lo que me autoriza á hablar así,
es que los nombres de Cécrope, de
Erecteo, de Eríctonío, de Erisicton
y de muchos otros, que remontan más
allá de Teseo, son precisamente
aquellos de que, según la relación
de Solón, se servían los sacerdotes
egipcios, cuando le refirieron esta
guerra. Lo mismo sucede con respecto
á los- nombres de mujeres. Los
trabajos de la guerra eran entonces
comunes a las mujeres y á los
hombres, y por esta causa la diosa
era representada en sus imágenes y
en sus estatuas con una armadura;
era como una advertencia, para
indicar que desde el momento en que
el varón y la hembra están
destinados á vivir juntos, la
naturaleza ha querido que pudiesen
ejercer igualmente las facultades,
que son el atributo de su especie.
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Diferentes clases de ciudadanos,
entregados á los oficios mecánicos y
á la agricultura, habitaban entonces
nuestro país; la de los guerreros,
separada desde el principio de las
demás, como hombres divinos,
habitaba aparte. Provistos de todas
las cosas necesarias á su
subsistencia y á la educación de sus
hijos, estos guerreros no poseían
nada en particular; consideraban
todos los bienes como pertenecientes
á todos; no exigían de los demás
ciudadanos más que lo que justamente
necesitaban para vivir, y
desempeñaban con el mayor esmero las
funciones diarias del Estado, tales
como las hemos concebido.
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·Describe los límites de su
país (Ática), habla de un
poderoso ejército y de
pueblos vasallos. Refiere
que La Ática sufrió
"numerosas y terribles
inundaciones" a lo largo de
los 9.000 años, y que las
tierras de "estas
revoluciones" eran
arrastradas al mar,
disminuyendo la superficie
habitable.
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Y también se dice como muy
probable y quizá verdadero, que
nuestro país en aquel tiempo tenia
por límites el istmo (5) por una
parte, y por otra los montes Citeron
(6) y Parnaso (7), abrazando toda la
parte del continente comprendida en
este intervalo; que de aquí
descendía, por la derecha, hasta
Oropo (8), y por la izquierda, hacia
el mar, hasta el río Asopo (9);
estos eran sus límites extremos.
Sobresalía entre todos los demás
países por su fertilidad, lo cual le
hacia capaz de sostener un numeroso
ejército, compuesto de pueblos
vecinos dependientes de nosotros. Es
este un testimonio imponente de su
fecundidad. Y, en efecto, lo que
subsiste aún de esta dichosa tierra,
no tiene igual en cuanto á la
diversidad de producciones,
excelencia de frutos y abundancia de
pastos.
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Tales eran entonces la belleza y
la riqueza del Ática. ¿Podríais
creerlo? ¿Ni cómo puede formarse una
idea de lo que fue, por lo que es?
Toda el Ática se desprende en cierta
manera del continente, se mete por
el mar y se parece á un promontorio.
El mar que la envuelve, como si
estuviera colocada en una vasija, es
por todas partes muy profundo. En
medio de las numerosas y terribles
inundaciones que han tenido lugar
durante nueve mil años, porque nueve
mil años han pasado desde aquella
época, las tierras, que estas
revoluciones arrastraban desde las
alturas, no se amontonaban en el
suelo, como en otros países, sino
que, rodando sobre la ribera, iban á
perderse en las profundidades del
mar. De suerte que, como sucede en
las islas poco extensas, nuestro
país, comparado con lo que era, se
parece á un cuerpo demacrado por la
enfermedad; escurriéndose por todas
partes la tierra vegetal y fecunda,
sólo nos quedó un cuerpo descarnado.
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·Diferencia
las inundaciones descritas
en los párrafos anteriores ( que
arrastraban las tierras hasta
hundirlas en el mar) de las
lluvias anuales, que mantenían
las tierras "en su seno" y las
fertilizaba.
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Pero antes el Ática, cuyo suelo
no había experimentado ninguna
alteración, tenía por montañas altas
colinas; las llanuras, que llamamos
ahora campos de Felleo (10), estaban
cubiertas de una tierra abundante y
fértil; los montes estaban llenos de
sombríos bosques, de los que aún
aparecen visibles rastros. Las
montañas, donde sólo las abejas
encuentran hoy su alimento, en
tiempos no muy lejanos estaban
cubiertas de árboles poderosos, que
se cortaban para levantar vastísimas
construcciones, muchas de las cuales
están aún en pié. Encontrábanse
también allí árboles frutales de
mucha elevación y extensos pastos
para los ganados. Las lluvias, que
se alcanzaban de Júpiter cada año,
no se perdían sin utilidad,
corriendo de la tierra estéril al
mar; por el contrario, la tierra,
después que venían á ella
abundantemente, las conservaba en su
seno, las tenía en reserva entre
capas de arcilla; las dejaba correr
desde las alturas á los valles, y se
veían por todas partes miles de
fuentes, de ríos y de cauces de
agua. Los monumentos sagrados, que
se encuentran aún junto á los
antiguos lechos de los ríos,
atestiguan la verdad de mis
palabras. He aquí lo que eran por
naturaleza nuestros campos; los que
los cultivaban, eran sin duda
verdaderos labradores, entregados
exclusivamente á sus labores, amigos
del bien, de un natural excelente, y
poseedores de una tierra fértil,
regada por aguas abundantes y
favorecida con el más benigno de los
climas.
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· Cuenta como la
Acrópolis fue destruida por
terremotos y lluvias en una
sola noche, siendo ésta la
tercera catástrofe natural
antes del diluvio de Deucalión. En la parte alta
vivían los guerreros y a su
alrededor, campesinos y
artesanos. La meseta
estaba vallada y los
habitantes hacían vida en
espacios colectivos. Una
parte de la ciudadela estaba
dedicada a jardines y
lugares de esparcimiento.
Tenía una fuente de la que
manaba agua abundante,
desaparecida por los
terremotos. Contaba con un
ejército de 20.000
efectivos, tanto de hombres
como mujeres.
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En cuanto á la ciudad, ved la
manera con que se gobernaba en aquel
tiempo. En primer lugar, la
Acrópolis (11) estaba muy distante
de tener el aspecto que hoy tiene.
En una sola noche torrentes de
lluvia arrastraron las tierras con
que estaba revestida, y la dejaron
desnuda y despojada, en medio de
temblores de tierra y de una
inundación, que es la tercera antes
del diluvio de Deucalion. Pero
antes, en otra época, era tal la
extensión de Id Acrópolis, que se
extendía hasta el Herídan (12) y el
Iliso (13), comprendía el Pnyx (14)
y tenía el Lícabete (15) por límite
por el lado opuesto al Pnyx. Estaba
cubierta de una espesa capa de
tierra, y, fuera de algunos puntos,
presentaba en las alturas una
llanura no interrumpida.
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Estaba habitada, á los costados
según se bajaba, por artesanos
y labradores, que cultivaban los
campos vecinos. En la altura sólo
vivía la clase de los guerreros
alrededor del templo de Minerva y de
Vulcano, después de haber rodeado
esta meseta con un solo vallado,
como se hace con el jardín de una
sola familia. Habitaban en común en
casas situadas á la parte del Norte;
en invierno tenían salas donde
comían juntos; y tenían todo lo que
reclama la vida en común, sea con
relación á las habitaciones de los
ciudadanos, sea con respecto á los
templos de los dioses, á excepción
del oro y de la plata de que no
hacían ningún uso. Vivian tan lejos
de la opulencia como de la pobreza;
habitaban casas decentes, donde
vegetaban ellos y los hijos de sus
hijos, y las trasmitían
sucesivamente tales como las habían
recibido á hijos semejantes á sus
padres.
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La parte meridional de la
Acrópolis estaba destinada a
jardines, gimnasios, salas de
refectorio, que dejaban de ocupar
durante el estío. En el punto, que
ocupa hoy la Acrópolis (16), manaba
una fuente; y así como ahora sólo
salen de ella pobres arroyos por uno
ú otro lado, entonces suministraba
una agua abundante, tan saludable en
invierno como en verano, pero que
desapareció á consecuencia de los
temblores de tierra. Tal era el
género de vida de estos guardas de
sus propios conciudadanos, de estos
jefes respetados por los demás
griegos. Procuraban tener siempre á
su disposición, en cuanto fuese
posible, un número igual de hombres
y mujeres en estado de llevar ya las
armas y poderlas llevar aún, es
decir, veinte mil. He aquí cómo
gobernaban según las reglas de la
justicia su ciudad y la Grecia; he
aquí lo que eran estos hombres,
celebrados y admirados de toda la
Europa y de toda el Asia por la
belleza de sus cuerpos y por las
virtudes de todos géneros, que
adornaban sus almas.
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· Cuando
Critias era joven oyó relatos de
los enemigos de Ätica. Solón
tradujo los nombres extranjeros
de esos enemigos a la lengua
helénica. Los manuscritos de
Solón fueron del abuelo de
Critias que se los cedió a él,
su nieto.
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Pero ¿quiénes eran sus enemigos,
remontando hasta el origen de su
historia? Esto es, amigos míos, lo
que voy á exponeros y daros á
conocer, si es que no se ha borrado
en mí el recuerdo de las cosas que
oí contar cuando era joven. Antes de
entrar en materia, debo haceros una
prevención. No os sorprendáis al
oírme muchas veces dar nombres
griegos á los bárbaros, pues ved la
razón que tengo para hacerlo. Cuando
Solón pensaba consignar esta
relación en sus poemas, quiso
conocer la significación de los
nombres, y encontró que los
egipcios, primeros autores de esta
historia, los habían traducido á su
propia lengua; y el mismo Solón, á
su vez, buscando el sentido de cada
nombre, le escribió en la nuestra.
Estos manuscritos de Solón estaban
en poder de mi abuelo y ahora los
poseo yo, que los he estudiado mucho
siendo joven.
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·
Según éstos, en el reparto de los
territorios hecho por los dioses, a
Neptuno le correspondió la
Atlántida. La describe como una isla
o península con la palabra "nesos".
Fue habitada por los hijos de
Neptuno y Clito, una mortal nacida
de Leuciopa, esposa de Evenor.
Ocuparon una montaña poco elevada,
rodeada de una amplia llanura.
-
Y así, si me
oís pronunciar nombres griegos, no
os sorprendáis, puesto que ya sabéis
la razón. Esta larga historia
comenzaba poco más ó menos de la
manera siguiente: Ya dijimos antes,
que los dioses echaron suertes sobre
las diferentes partes de la tierra;
que los unos obtuvieron un
territorio grande, otros uno
pequeño, y que todos establecieron
templos y sacrificios. Neptuno, á
quien correspondió la Atlántida,
colocó en una parte de esta isla los
hijos que había tenido de una
mortal. Esta parte era una llanura
situada no lejos del mar, hacia el
medio de la isla, la más bella,
según se dice, y la más fértil de
las llanuras. A cincuenta estadios
poco más ó menos de esta llanura,
también en medio de la isla, había
una montaña muy poco elevada. Allí
habitaba uno de estos hombres, que
en el origen de las cosas nacieron
de la tierra, Evenor, con su mujer
Leucipa.
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· Neptuno
fortificó la colina de Clito con
muros y fosos de tierra y mar
alternativamente. En ningún caso
se menciona que sean circulares.
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Estos
engendraron una sola hija, llamada
Clito, que era núbil, cuando
murieron sus padres; y con la que se
casó Neptuno, que se enamoró de
ella. La colina (17), donde vivía Clito, fue
fortificada por
Neptuno, que la aisló de todo lo que
la circundaba. Hizo muros y fosos
con tierra y agua del mar
alternativamente, unos más pequeños,
otros más grandes, dos de tierra y
tres de agua, ocupando el centro de
la isla, de manera que todas sus
partes se encontraran á igual
distancia del mismo. La hizo por lo
tanto inaccesible, porque entonces
no se conocían ni las naves ni el
arte de conducirlas. Como era un
dios, le fue fácil ordenar y
embellecer esta nueva isla, formada
en medio de la otra, haciendo que
salieran del suelo dos manantiales,
uno caliente y otro frió; y que
produjera la tierra alimentos
variados y abundantes.
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· Neptuno tuvo cinco parejas de
hijos varones mellizos entre los que
dividió la Atlántida en diez partes.
Al mayor de los mellizos le dio la
mejor, que era la de su madre. Se
llamaba Atlas y lo hizo rey de los
demás hermanos. Al mar que limitaba
con sus tierras se le llamó
Atlántico. A su hermano
gemelo le di la tierra de Gadirica,
en lengua indígena, Gadir,
hacia las columnas de Hércules.
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Tuvo
sucesivamente de Clito cinco parejas
de hijos, todos varones y mellizos,
y los educó. Dividió toda la isla
Atlántida en diez partes; dio al
hijo mayor de los primeros gemelos
la estancia de su madre con toda la
campiña circundante, que era la más
vasta y la más rica de toda la isla,
y le hizo rey de todos sus hermanos.
Entre estos eligió jefes, y dio á
cada uno de ellos el gobierno sobre
un crecido número de hombres y una
gran extensión de territorio. Todos
ellos recibieron un nombre. El hijo
mayor, el rey, de quien la isla y
este mar, llamado Atlántico, han
tomado su nombre, por haber sido el
primero que reinó en ella, fue
llamado Atlas. A su hermano gemelo
le tocó la extremidad de la isla,
hacia las columnas de Hércules, la
parte del país que se llama Gadirica,
que se llamó en griego Enmeles y en
la lengua indígena Gadir, donde
tiene su origen el nombre de este
país. Los hijos de la segunda pareja
se llamaron Aniferes y Euemon; los
terceros, Mneseo, el mayor, y el
otro Autóctono; los cuartos, Elasipo
el primero y el segundo Mestor; y en
fin, los quintos Azaes y Diaprepes.
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· Los hijos de Neptuno
extendieron su poder durante muchas
generaciones, llegando hasta
Egipto y la Tirrenia. Poseían
grandes riquezas metalúrgicas,
destacando el oricalco, "el
más precioso de los metales después
del oro". Había lagos,
pantanos, toda clase de frutos,
animales salvajes y muchos
elefantes.
-
Estos hijos de Neptuno y sus
descendientes habitaron en este país
durante muchas generaciones;
sometieron en estos mares otras
muchas islas, y extendieron su
dominación más allá, según hemos
dicho, hasta el Egipto y la
Tirrenia. La posteridad de Atlas
continuó siendo siempre muy
respetada; el mayor en edad era el
rey y trasmitía su autoridad al
mayor de sus hijos, de suerte que
conservaron el reinado en su familia
durante largos años. Era tal la
inmensidad de riquezas, de que eran
poseedores, que ninguna familia real
ha poseído ni poseerá jamás una cosa
semejante. Todo lo que la ciudad y
los otros países podían suministrar,
todo lo tenían ellos á su
disposición. Gracias á su poder,
eran importadas muchas cosas en la
isla, si bien producía ésta las que
son necesarias á la vida, y por lo
pronto los metales, ya fueran
sólidos ó fusibles, y hasta aquel
del cual sólo conocemos el nombre,
pero que en la isla existía
realmente, extrayéndose de mil
parajes de la misma, el oricalco
(18), que era entonces el
más precioso de los metales después
del oro.
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La isla suministraba en
abundancia todos los materiales de
que tienen necesidad las artes, y
mantenía un gran número de animales
salvajes y domesticados, y se
encontraban entre ellos muchos
elefantes. Todos los animales tenían
pasto abundante, lo mismo los que
vivían en los pantanos, en los lagos
y en los ríos, como los que
habitaban las montañas y llanuras, y
lo mismo el elefante que los otros,
á pesar de su magnitud y de su
voracidad. Además de esto, todos los
perfumes que la tierra produce hoy,
en cualquier lugar que sea, raíces,
yerbas, plantas, jugos destilados
por las flores ó los frutos, se
producían y criaban en la isla.
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Asimismo los frutos blandos (19)
y los duros (20), de que nos
servimos para nuestro alimento;
todos aquellos con que condimentamos
las viandas y que generalmente
llamamos legumbres; todos estos
frutos leñosos que nos suministran á
la vez brebajes, alimentos y
perfumes (21); todos esos frutos de
corteza con que juegan los niños y
que son tan difíciles de conservar
(22); y todos los frutos sabrosos
que nos servimos á los postres para
despertar el apetito cuando el
estómago está saciado y fatigado;
todos estos divinos y admirables
tesoros se producían en cantidad
infinita en esta isla, que florecía
entonces en algún punto á la luz del
sol.
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· Describe la organización
espacial de la Atlántida con sus
diferentes anillos de tierra y agua.
Menciona las dimensiones de algunas
de las grandes obras de la ciudad.
Relata como sus habitantes crearon templos y palacios,
puertos y dársenas. Levantaron
puentes sobre los fosos
circulares que rodeaban la antigua
metrópoli. Abrieron canales por
los que podían circular trirremes.
En algunos pasajes de los mismos
pusieron techos para que las naves
lo cruzaran a cubierto. -
Utilizando,
pues, todas estas riquezas de su
suelo, los habitantes construyeron
templos, palacios, puertos, dársenas
para las naves, y embellecieron toda
la isla en la forma siguiente:
Comenzaron por echar puentes sobre
los fosos circulares, que llenaba
la mar, y que rodeaban la antigua
metrópoli, poniendo así en
comunicación la estancia real con el
resto de la isla. Muy al principio
construyeron este palacio en el
punto mismo donde habían habitado el
dios y sus antepasados. Los reyes,
al trasmitírselo, no cesaron de
añadir nuevos embellecimientos á los
antiguos, haciendo cada cual los
mayores esfuerzos para dejar muy
atrás á sus predecesores; de suerte
que no se podía, sin llenarse de
admiración, contemplar tanta
grandeza y belleza tanta.
-
-
A partir desde el mar abrieron un
canal de tres arpentos de
ancho, de cien pies de profundidad y
de una extensión de cincuenta
estadios, que iba á parar al recinto
exterior; hicieron de suerte que las
embarcaciones que viniesen del mar
pudiesen entrar allí como en un
puerto, disponiendo la embocadura de
modo que las más grandes naves
pudiesen entrar sin dificultad. En
los cercos de tierra, que separaban
los cercos de mar, al lado de los
puentes, abrieron zanjas bastante
anchas, para dar paso á una
trirreme: y como de cada lado de
estas zanjas los diques se
levantaban á bastante altura por
cima del mar, unieron sus bordes con
techumbre, de suerte que las naves
las atravesaban á cubierto. El mayor
cerco, el que comunicaba
directamente con el mar, tenia de
ancho tres estadios, y el de tierra
contiguo tenia las mismas
dimensiones.
-
-
· Los recintos de la
ciudadela estaba rodeada de varias
murallas de piedras blancas,
negras y encarnadas. Cubrieron con
una especie de barniz de bronce
el muro exterior, de estaño el
segundo y de oricalco la Acrópolis,
"que relumbraba como el fuego". En
el centro se levantaba el templo a
Clíto y Neptuno con muros revestidos
de oro. En ese templo cada diez años
acudían desde las provincias a
ofrecer los primeros frutos de la
tierra..
-
De los dos cercos siguientes, el
del mar tenía dos estadios de ancho,
y el de tierra tenia las mismas
dimensiones que el precedente. En
fin, el que rodeaba inmediatamente
la isla interior, tenia de ancho un
estadio solamente. En cuanto á la
isla interior misma, donde se
ostentaba el palacio de los reyes,
su diámetro era de cinco estadios.
El ámbito de esta isla, los recintos
y el puerto de los tres arpentos de
ancho, todo estaba revestido en
derredor con un muro de piedra.
Construyeron torres y puertas á la
cabeza de los puentes y á la entrada
de las bóvedas, por donde pasaba el
mar. Para llevar á cabo todas estas
diversas obras, arrancaron alrededor
de la isla interior y en cada lado
de las murallas, piedras blancas,
negras y encarnadas. Arrancando así
aquí y allá, abrieron en el interior
de la isla dos receptáculos
profundos, que tenían la misma roca
por techo.
-
-
De estas construcciones, una
serán sencillas; otras, formadas de
muchas especies de piedras y
agradables á la vista, tenían todo
el buen aspecto de que eran
naturalmente capaces. Cubrieron de
bronce, á manera de barniz, el muro
del cerco exterior en toda su
extensión; de estaño, el segundo
recinto; y la Acrópolis misma, de oricalco,
que relumbraba como el
fuego. En fin, ved cómo construyeron
el palacio de los reyes en el
interior de la Acrópolis. En medio
se levantaba el templo consagrado á Clíto y á Neptuno, lugar imponente,
rodeado de un muro de oro, donde en
otro tiempo habían ellos engendrado
y dado á luz los diez jefes de las
dinastías reales. A este sitio
concurrían todos los años de las
diez provincias del imperio á
ofrecer á estas dos divinidades las
primicias de los frutos de la
tierra.
-
-
· El templo estaba revestido en
su exterior de plata, "fuera de los
extremos, que eran de oro". En su
interior y exterior habían tesoros y
estatuas de oro y marfil, siendo las
más importante la de Neptuno,
situando centro del santuario en un
carro tirado por seis corceles
alados y rodeado de cien nereidas..
El palacio de los reyes armoniza con
la grandeza del templo. -
El templo
sólo tenía un estadio de longitud,
tres arpentos de anchura, y una
altura proporcionada; en su aspecto
había un no sé qué de bárbaro. Todo
el exterior, estaba revestido de
plata, fuera de los extremos, que
eran de oro. Por dentro, la bóveda,
que era toda de marfil, estaba
adornada de oro, plata y oricalco.
Los muros, las columnas, los
pavimentos, estaban revestidos de
marfil. Se veían estatuas de oro,
siendo de notar la del dios (23), de
pié sobre su carro, conduciendo seis
corceles alados, tan alto, que su
cabeza tocaba á la bóveda del
templo, y rodeado de cien nereidas
sentadas sobre delfines. Se creía
entonces, que tal era el número de
estas divinidades. A esto se
agregaban un gran número de
estatuas, que eran ofrendas hechas
por particulares. Alrededor del
templo, en la parte exterior,
estaban colocadas las estatuas de
oro de todas las reinas y de todos
los reyes descendientes de los diez
hijos de Neptuno, así como otras mil
ofrendas de reyes y de particulares,
ya de la ciudad, ya de países
extranjeros, reducidos á la
obediencia.
-
-
Por su
grandeza y por su trabajo, el altar
estaba en armonía con estas
maravillas; y el palacio de los
reyes era tal cual convenía á la
extensión del imperio y á los
ornamentos del templo. Dos fuentes,
una caliente, otra fría, abundantes
é inagotables, gracias á la suavidad
y á la virtud de sus aguas
satisfacían admirablemente todas las
necesidades; en las cercanías de las
casas se encontraban árboles, qué
mantenían la frescura; depósitos de
agua á cielo abierto, y otros
cubiertos con su techumbre para
tomar baños calientes en invierno,
aquí los de los reyes, allí los de
los particulares, en otra parte los
de las mujeres; y otros, en fin,
destinados á caballos y en general á
las bestias de carga, adornados
todos y decorados según su destino.
El agua, que salía de aquí, iba á
regar el bosque de Neptuno, donde
árboles de una magnitud y de una
belleza en cierta manera divina se
ostentaban sobre un terreno fértil y
vegetal; y pasaba después á los
cercos exteriores por acueductos
abiertos en la dirección de los
puentes.
-
-
· Además del templo de Clito y
Netuno había otras divinidades,
además de hipódromos, gimnasios y
jardines intramuros. También había
cuarteles pasa el ejército,
situándose los cuerpos de más
confianza más próximos a la
acrópolis y el palacio. En el puerto
habían muchas naves y gentes
procedentes de todas partes del
mundo, que de día y de noche
formaban una algarabía continúa.
-
Numerosos
templos, consagrados á varias
divinidades; muchos jardines;
gimnasios para los hombres;
hipódromos para los caballos; todo
esto había sido construido en cada
uno de los cercos ó murallas (24)
que formaban como islas. Era de
notar, sobre todo en el centro de la
mayor de éstas islas, un hipódromo
de un estadio de largo, que en su
longitud abrazaba toda la vuelta de
la isla, y donde se presentaba vasto
campo para la carrera de los
caballos y para la lucha. A derecha
é izquierda había cuarteles
destinados á la mayor parte de la
gente armada; las tropas, que
inspiraban más confianza, se
alojaban en la más pequeña de las
murallas, que era también la más
próxima a la Acrópolis; y en fin, la
tropa de más confianza vivía en la
Acrópolis misma cerca de los reyes.
-
-
Las dársenas
para las naves estaban llenas de
trirremes y de todos los aparatos
que reclaman estas embarcaciones; y
estaba todo, en perfecto orden. He
aquí cómo estaba dispuesto todo
alrededor del palacio de los reyes.
Más allá, y á la parte exterior de
los tres puertos, un muro circular
comenzaba en el mar, seguía el curso
del mayor cerco y del mayor puerto á
una distancia de cincuenta estadios,
y volvía al mismo punto, para formar
la embocadura del canal situado
hacia el mar. Multitud de
habitaciones, próximas las unas á
las otras, llenaban este intervalo;
el canal y el puerto rebosaban de
embarcaciones y mercaderes, que
llegaban de todas las partes del
mundo, y de esta muchedumbre nacía
día y noche un ruido de voces y un
tumulto continuos. Creo haber
referido fielmente en este momento
lo que cuenta la tradición sobre
esta ciudad, antigua estancia de los
reyes.
-
-
· Descripción topográfica de la
Atlántida. El suelo estaba muy
elevado sobre el nivel del mar.
Alrededor de la ciudad había una
llanura que la circundaba a su vez
rodeada de montañas que se
prolongaban hasta el mar. En la
parte de la isla que miraba al
Mediodía había una llanura
cuadrilonga, de 3000 estadios de un
lado y 2000 de otro, con
"populosas poblaciones", ríos y
lagos. Estaba rodeada por un foso
artificial al que vertían las aguas
de las montañas. "Tocaba en la
ciudad por sus dos extremidades".
Para transportar los troncos de
madera de las montañas se hicieron
fosos que se comunicaban entre sí.
-
Ahora
necesito exponer lo que la
naturaleza hizo en el resto de este
país, y las bellezas que le añadió
el arte. Por lo pronto, se dice que
el suelo estaba muy elevado sobre el
nivel del mar, y las orillas de la
isla cortadas á pico; que alrededor
da la ciudad se extendía una llanura
que la rodeaba, y que esta misma
estaba rodeada de montañas, que se
prolongaban hasta el mar; que esta
llanura era plana y uniforme y
prolongada, y que tenia de un lado
tres mil estadios, y del mar al
centro más de dos mil. Esta parte de
la isla miraba al Mediodía, y no
tenía nada que temer de los vientos
del Norte. Eran objeto de alabanza
las montañas que formaban como una
cintura, y excedían en número, en
grandor y en belleza á todas las que
se conocen hoy día. Abrazaban ricas
y populosas poblaciones, ríos,
lagos, praderías, donde los animales
salvajes y domesticados encontraban
un abundante alimento, así como
encerraban numerosos y vastos
bosques, donde las artes encontraban
materiales de toda especie para
obras de todas clases.
-
-
Tal era esta
llanura, gracias á los beneficios de
la naturaleza y á los trabajos de
gran número de reyes durante un
largo trascurso de tiempo. Tenía la
forma de un cuadrilongo recto y
prolongado, y si faltaban estas
condiciones en algún punto, esta
irregularidad había sido corregida
al, trazar el foso que la rodeaba.
En cuanto á la profundidad, anchura
y longitud de este foso es difícil
creer lo que se cuenta, cuando se
trata de un trabajo hecho por la
mano del hombre, y si se compara con
las demás obras del mismo género;
sin embargo, es preciso que os
repita lo que he oído decir. Estaba
abierto hasta la profundidad de un
arpento; tenia de ancho un estadio,
rodeaba toda la llanura, y no tenia
de largo menos de diez mil estadios.
Recibía todos los cauces de agua,
que se precipitaban de las montañas,
rodeaba la llanura, tocaba en la
ciudad por sus dos extremidades, y
de allí iba á desembocar en el mar.
Del borde superior de este foso,
partían otros cien pies de ancho,
que cortaban la llanura en línea
recta y volvían al mismo foso, al
aproximarse al mar; estos fosos
particulares distaban entre sí cien
estadios.
Para trasportar
por agua las maderas de las montañas
y los diversos productos de cada
estación á la ciudad, hicieron que
los fosos comunicaran entre sí y con
la ciudad misma por medio de canales
abiertos transversalmente. Notad que
la tierra daba dos cosechas por año,
porque era regada en invierno por
las lluvias de Júpiter, y en verano
era fecundada por el agua de los
estanques.
-
-
· Repartición de las levas por
territorio. Contribución al
ejército de las gentes de la
llanura: Cada división
territorial tenía una extensión de
cien estadios. El territorio estaba
dividido en 60.000 divisiones (por
lo que se puede estimar una
extensión de 60.000 x 100 =
6.000.000 de estadios) solamente en
la llanura. Los habitantes de las
montañas y el resto del país también
contribuían a las fuerzas militares
de la ciudad.
-
El número de
soldados, con que debían contribuir
los habitantes de la llanura que
estuvieran en estado de llevar las
armas, se había fijado de esta
manera. Cada división territorial,
debía elegir un jefe. Cada división
tenia una extensión de cien
estadios, y había sesenta mil de
estas divisiones. En cuanto á los
habitantes de las montañas y de las
otras partes del país, la tradición
cuenta que eran infinitos en número;
fueron distribuidos, según las
localidades y las poblaciones, en
divisiones semejantes, cada una de
las que tenia un jefe. El jefe debía
suministrar, en tiempo de lucha la
sexta parte de un carro de guerra,
de manera que se reunieran diez mil;
dos caballos con sus jinetes, un
tiro de caballos, sin carro; un
combatiente armado con un pequeño
broquel; un jinete para conducir dos
caballos; infantes pesadamente
armados, arqueros, honderos, dos de
cada especie; soldados armados á la
ligera ó con piedras ó con azagayas,
tres de cada especie; cuatro marinos
para maniobrar en una nota compuesta
de mil doscientas naves.
Tal era la organización de las
fuerzas militares en la ciudad real.
-
-
· Organización política de las
otras nueve provincias del reino.
Cada provincia tenía
organización independiente, si bien
compartían leyes comunes dadas por
Neptuno y gravadas en una columna de
oricalco en el templo que había en
el centro de la isla. Los reyes se
reunían cada cinco años-seis años.
-
Respecto á
las otras nueve provincias, cada una
tenía la suya, y nos extenderíamos
demasiado, si habláramos de ello. En
cuanto al gobierno y á la autoridad,
he aquí el orden que se estableció
desde el principio. Cada uno de los
diez reyes tenia en la provincia,
que le había correspondido y en la
ciudad en que residía, todo el poder
sobre los hombres y sobre la mayor
parte de las leyes, imponiendo penas
y la muerte á su capricho. En cuanto
al gobierno general y á las
relaciones de los reyes entre sí,
las órdenes de Neptuno eran su
regla. Estas órdenes les habían sido
trasmitidas en la ley soberana; los
primeros de ellos las hablan gravado
en una columna de oricalco,
levantada en medio de la isla en el
templo de Neptuno. Los diez reyes se
reunían sucesivamente el quinto año
y el sexto, alternando los números
par é impar. En estas asambleas
discutían los intereses públicos,
averiguaban si se había cometido
alguna infracción legal, y daban sus
resoluciones. Cuando tenían que
dictar un fallo, ved como se
aseguraban de su fe recíproca.
-
-
Después de
dejar en libertad algunos toros en
el templo de Neptuno, los diez reyes
quedaban solos y suplicaban al dios,
que escogiera la víctima que fuese
de su agrado, y comenzaban á
perseguirlos sin otras armas que
palos y cuerdas. Luego que cogían un
toro, le conducían á la columna y le
degollaban sobre ella en la forma
prescrita. Además de las leyes
estaba inscripto en esta columna un
juramento terrible é imprecaciones
contra el que las violase.
Verificado el sacrificio y
consagrados los miembros del toro
según las leyes, los reyes
derramaban gota á gota la sangre de
la víctima en una copa, arrojaban lo
demás en el fuego, y purificaban la
columna. Sacando en seguida sangre
de la copa con un vaso de oro, y
derramando una parte de su contenido
en las llamas, juraban juzgar según
las leyes escritas en la columna,
castigar á quien las hubiere
infringido, hacerlas observar en lo
sucesivo con todo su poder, y no
gobernar ellos mismos ni obedecer al
que no gobernase en conformidad con
las leyes de su padre.
-
-
Después de
haber pronunciado estas promesas y
juramentos por sí y por sus
descendientes; después de haber
bebido lo que quedaba en los vasos y
haberlos depositado en el templo del
dios, se preparaban para el banquete
y otras ceremonias necesarias.
Llegada la sombra de la noche y
extinguido el fuego del sacrificio,
después de vestirse con trajes
azulados y muy preciosos, y de
haberse sentado en tierra al pié de
los últimos restos del sacrificio,
cuando el fuego estaba extinguido en
todos los puntos del templo,
dictaban sus juicios ó eran ellos
juzgados, si alguno había sido
acusándole de haber violado las
leyes. Dictados estos juicios, los
inscribían, al volver de nuevo el
día, sobre una tabla de oro, y la
colgaban con los trajes en los muros
del templo, para que fueran como
recuerdos y advertencias.
-
-
Además había numerosas leyes
particulares relativas á las
atribuciones de cada uno de los
reyes. Las principales eran: No
hacerse la guerra los unos á los
otros; prestarse recíproco apoyo en
el caso de que alguno de ellos
intentase arrojar á una de las razas
reales de sus Estados; deliberar en
común, á ejemplo de sus antepasados,
sobre la guerra y los demás negocios
importantes, dejando el mando
supremo á la raza de Atlas. El rey
(25) no podía condenar á muerte á
ninguno de sus parientes (26) sin el
consentimiento de la mayoría
absoluta deles reyes. Tal era el
poder, el formidable poder, que en
otro tiempo se creó en este país, y
que la divinidad, según la
tradición, volvió contra el nuestro
por la razón siguiente. Durante
muchas generaciones, mientras se
conservó en ellas algo de la
naturaleza del dios á que debían su
origen, los habitantes de la
Atlántida obedecieron las leyes que
habían recibido y respetaron el
principio divino, que era común á
todos. Sus pensamientos eran
conformes á la verdad y de todo
punto generosos; se mostraban llenos
de moderación y de sabiduría en
todas las eventualidades, como
igualmente en sus mutuas relaciones.
Por esta razón, mirando con desdén
todo lo que no es la virtud, hacían
poco aprecio de los bienes
presentes, y consideraban
naturalmente como una carga el oro,
las riquezas y las ventajas de la
fortuna.
-
-
Lejos de dejarse embriagar por
los placeres, de abdicar el gobierno
de sí mismos en manos de la fortuna,
y de hacerse juguete de las pasiones
y del error, sabían perfectamente
que todos los demás bienes acrecen
cuando están de acuerdo con la
virtud; y que, por el contrario,
cuando se los busca con demasiado
celo y ardor perecen, y la virtud
con ellos. Mientras los habitantes
de la Atlántida razonaban de esta
manera, y conservaron la naturaleza
divina de que eran participes, todo
les salía á satisfacción, como ya
hemos dicho. Pero cuando la esencia
divina se fue aminorando por la
mezcla continua con la naturaleza
mortal; cuando la humanidad la
superó en mucho; entonces,
impotentes para soportar la
prosperidad presente, degeneraron.
Los que saben penetrar las cosas,
comprendieron que se habían hecho
malos y que habían perdido los más
preciosos de todos los bienes; y los
que no eran capaces de ver loque
constituye verdaderamente la vida
dichosa, creyeron que habían llegado
á la cima de la virtud y de la
felicidad, cuando estaban dominados
por una loca pasión, la de aumentar
sus riquezas y su poder.
-
-
Entonces fue cuando el dios de
los dioses, Júpiter, que gobierna
según las leyes de la justicia y
cuya mirada distingue por todas
partes el bien del mal, notando la
depravación de un pueblo antes tan
generoso, y queriendo castigarle
para atraerle á la virtud y á la
sabiduría, reunió todos los dioses
en la parte más brillante de las
estancias celestes, en el centro del
universo, desde donde se contempla
todo lo que participa de la
generación, y teniéndolos así
reunidos, les habló de esta
manera...
-
-
FIN DEL TOMO
VI.

Gacelas
minoicas del palacio de Knossos (Creta)
-
_____________________________________________
-
-
NOTAS.
-
-
(1) Critias veía en la religión una
invención de los gobernantes para
someter a los ciudadanos.
-
(2) La naturaleza
propiamente dicha..
-
(3) La antigua
Atenas.
-
(4)
Posiblemente África.
-
(5) Lengua de tierra
en medio del mar, que une la Acaya
al Peloponeso. (Escoliasta).
-
(6) Montaña de
Beocia.
-
(7) Montaña
situada entre el Ática y la Beocia
-
(8) Ciudad de
Beocia.
-
(9) Río de
Beocia
-
(10) Era, dice
el Escoliasta, una llanura árida y
pedregosa.
-
(11)
Literalmente, la ciudad elevada. En
ella estaba la ciudadela de Atenas,
la Atenas de la historia.
-
(12) Río del
Ática.
-
(13) Río
también del Ática.
-
(14) Plaza de
Atenas donde tuvieron lugar al
principio las asambleas del pueblo.
-
(15) Montaña
del Ática que debe su nombre al gran
número de lobos (Xúxot;) que la
poblaban.
-
(16) Ciudadela.
-
(17) Una
montaña de poca elevación antes
mencionada.
-
(18)
Hidrocarbonato de cobre y de zinc,
conocido por los antiguos con el
nombre de oricalco.
-
(19) La vid.
-
(20) El trigo
-
(21) ¿Cocos?
-
(22)¿Nueces?
-
(23) Neptuno.
-
(24) De tierra,
separados por cercos de agua ó
fosos.
-
(25) Aquel que ejercía el poder
supremo o rey de reyes.
-
(26) Los otros nueve soberanos.
-
174,125

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