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EL SÍNDROME DE HATSHEPSUT O LA PSICOPATOLOGÍA DE TUTMOSIS III Milagros Soler Cervantes
Érase una vez, en un lugar situado junto al río Nilo, un país llamado Egipto.
Vivía en esas latitudes un faraón llamado Tutmosis I que tuvo de su esposa principal dos hijos y una hija. Sólo sobrevivió la niña Hatshepsut , que fue educada por su padre para ser la futura soberana del reino de las Dos Tierras.
Una tradición sagrada en Egipto obligaba a que la herencia se transmitiera a través de la línea masculina de descendencia, así que la princesa fue obligada a casarse con su hermanastro Tutmosis II, de salud débil y quebradiza, hijo del faraón y una esposa secundaria llamada Mutnefert. Tumosis II jamás habría podido llegar al trono sin desposarse con Hatshepsut, a la que pronto dejará viuda.
Una vez más, por imperativos de las leyes de sucesión, la reina se verá obligada a compartir el poder con su sobrino Tutmosis III, bastardo de Tutmosis II y una concubina llamada Isis.
Por sus propios méritos, apoyada por los poderes fácticos, Hatshepsut fue proclamada faraón del Alto y Bajo Egipto, conquistando así el poder que querían negarle por su condición femenina. Tumosis III jamás le perdonó que le relegara al puesto de faraón consorte ni que, al ser hija y nieta de reyes, pudiera competir con ella en cuanto a la legitimidad de su derecho.
Hablan algunos cronistas de que Hatshepsut fue asesinada por el envidioso e intrigante Tutmosis III, que la odiaba de forma abierta y manifiesta. Una vez desaparecida la reina, se dedicó de forma obsesiva a borrar cualquier indicio que recordara su nombre. Ordenó, bajo severas medidas represivas para quienes las desobedecieran, que fueran derribados los obeliscos en su honor, se borraran sus jeroglíficos de los cartuchos reales y que se castigara a todo aquel que pretendiera perpetuar o recordar su memoria.
Sin embargo, tan grande e infructuoso esfuerzo sólo sirvió para que la historia lo recuerde como un ser innoble, que pretendió lo imposible. Basta contemplar las ruinas de Dehir-el-Bahari o leer en los bajorrelieves de los templos las expediciones a Tarsis o las Tierras de Punt para comprender la magnitud de la identidad de Maatkara Hatshepsut.
Tanto este relato histórico, como otros acontecimientos no tan lejanos en el tiempo, me suscitaron ciertas reflexiones.
¿Cómo pueden creer que tendrán éxito aquellos que pretenden tapar el sol con un dedo? La verdad y nuestra conciencia no pueden enterrarse en las arenas de ningún desierto.
Talibanes dinamitando budas, fundamentalistas mutilando estatuas, papas castrantes poniendo hojas de parra en las esculturas del Vaticano... ¡Tarea inútil sólo para necios! Pocas veces se puede ocultar la grandeza de lo que otros crearon. Barbarie estúpida, como toda barbarie, que no consigue nada más que exaltar lo que quiere destruir cayendo en el ridículo y la agresión. Pero el tiempo sabe hacer bien su trabajo.
Siempre han querido falsear la historia aquellos que tienen algo vergonzoso que ocultar en su pasado. Muchas veces se quiere engañar a los demás, incluso a nosotros mismos, negándonos a ver la realidad que se esfuerzan en poner ante nuestros ojos. Difícil tarea en el caso personal, imposible cuando pretendemos forzar la mentira para que ésta sea creída por otros.
Hace poco escribía que ni se borra el pasado ignorándolo ni los recuerdos con el silencio, la manipulación y la mentira. Creo sinceramente que no podemos controlar ni los recuerdos ni el olvido. Acechan agazapados entre las nieblas de la mente, y en el momento menos pensado emergen, invadiéndonos con la misma fuerza con la que hemos pretendido esconderlos.
Olvidar serenamente lo que nos perturba sería lo deseado. Recordar con placidez, el objetivo. Pero ni olvidar serenamente ni recordar con placidez será posible a quienes no se hayan puesto en paz con su pasado. Siempre habrá algo o alguien que le devuelva, como en un espejo, el reflejo de su imagen.
¡Actuemos dejándonos aconsejar por el Tiempo. Él sabe hacer muy bien su trabajo!
Granada, 22 de Julio de 2007
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