INICIO WEB GRANADA HISTORIA EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA

 

ALONSO SÁNCHEZ, EL PRENAUTA.

Colón y el piloto desconocido.

 

ARTÍCULOS RELACIONADOS

 

EL PILOTO ANÓNIMO.

Mariano Fernández Urresti

 

LA TRADICIÓN DE ALONSO SÁNCHEZ DE HUELVA

Cesáreo Fernández-Duro

 

 

 

EL PILOTO ANÓNIMO

por Mariano Fernández Urresti

p

Cristóbal Colón es un perfecto enigma histórico. Nadie conoce con certeza el lugar en el que nació y tampoco dónde está enterrado. Cuando en el año 2003 un equipo de la Universidad de Granada abrió su supuesta tumba en la catedral de Sevilla para realizar los estudios de ADN de los restos que allí se encuentran se toparon con la sorpresa de que sólo había un 20% de un cadáver. ¿Dónde está el resto de sus huesos?
 

La biografía del Almirante está repleta de recodos oscuros. Muchos documentos reveladores han sido robados, mutilados, alterados por manos desconocidas. Se diría que a su alrededor ha habido hombres de negro colombinos. Y lo más sorprendente es que él mismo contribuyó a tamaña confusión.


¿Sabía a dónde se dirigía cuando emprendió el primer viaje a América? Hay quien afirma que sí. De hecho, en las Capitulaciones de Santa Fe, documento firmado con los Reyes Católicos en abril de 1492 (medio año antes de iniciar esa travesía) se habla de “lo que ha descubierto en las mares oçeanas”. ¿Qué podía haber descubierto si aún no había ido a ninguna parte?


Se ha tratado de responder a esa incómoda pregunta diciendo que Colón se había hecho con algún mapa o carta de navegar de los antiguos templarios, quienes, se afirma, pudieron haber llegado a América mucho antes que Colón. Pero también se habla de una leyenda desde los tiempos del propio Almirante: la leyenda de un piloto desconocido que murió en sus brazos.


Bartolomé de Las Casas escribió algo que pone los pelos de punta si se analiza cuidadosamente:
 

  • “… ya él tenía certidumbre que había de descubrir tierras y gentes en ellas,
    como si en ellas personalmente hubiera estado (de lo cual cierto yo no dudo)”
     

LA LEYENDA DEL PILOTO DESCONOCIDO

El profesor Juan Manzano pone el acento en los relatos que en el siglo XVI y XVII hicieron, respectivamente, el licenciado Baltasar Porreño y Gonzalo de Illescas. Esas literaturas nos hablan de “un cierto marino, cuyo nombre hasta ahora no se sabe ni de dónde partió ni qué viaje llebava, mas que andava por el Mar Océano de Poniente…”.


El dicho marino, al parecer, se vio zarandeado en medio de su travesía por una tormenta de las legendarias, las que hunden a uno en el fondo del mar o le elevan al mundo de los dioses. Al parecer, a este hombre tuvo la segunda de esas suertes, pues fue a parar a un mundo “fuera de toda conversación y noticia de lo que los marineros savian (…), adonde vio por los ojos tierras extrañas nunca vistas ni oídas”.


¿Qué oficio desarrolló allí aquella tripulación? Nada sabemos. ¿Fueron ellos los que vieron y cataron aquellas perlas de las que Colón parecía prendado? Tal vez, pero el caso es que por muy bellas y fértiles que fueran las tierras a las que arribaron, a los hombres les gustan siempre más las suyas propias, aunque sean más yermas, de modo que un indefinido tiempo después se hicieron a la mar con la buena suerte, porque eso fue y no desgracia, que otra tormenta la tramó con ellos y llevó al anónimo explorador a la isla de Madeira, donde estaba entonces el vivillo Colón, en cuyos brazos expiró el desdichado piloto no sin antes contar cuantos secretos marítimos aquella mortal aventura le había reportado.


¿Dónde pudieron encontrar inspiración esos autores de los siglos XVI y XVII? Pues lo cierto es que ya antes que ellos otros habían deslizado pistas de interés para construir una historia así.
Por ejemplo, Gonzalo Fernández de Oviedo (Historia General y Natural de las Indias, Sevilla, 1535) legó lo siguiente a las generaciones venideras:

“Quieren decir algunos que una carabela que desde España pasaba para Inglaterra (…) le sobrevinieron tales e tan forzosos tiempos, e tan contrarios, que hobo necesidad de correr al Poniente tantos días, que reconosció una o más de las islas destas partes e Indias (…) e que después le hizo tiempo a su propósito y tornó a dar la vuelta…”

Oviedo relata la muerte de toda la tripulación y añade:

“dícese que, junto con esto, que este piloto era tan íntimo amigo de Cristóbal Colón (…) y en mucho secreto dio parte dello a Colom, e le rogó que hiciese una carta y asentase en aquella tierra que había visto”

¿Quién era este desconocido marino? ¿De qué tierra partió? ¿Dónde le encuentra Colón? Según algunos, era andaluz y Colón se tropieza con él en Madeira; según otros, era vizcaíno y el futuro Almirante le encuentra moribundo en Cabo Verde o en Porto Santo.

 

¿Qué dice el hijo de Colón, Hernando, al respecto? Por supuesto, nada claro, no vaya a ser que le quiten los entorchados de Almirante a su padre, pero no puede soslayar en el capítulo IX de su Historia del Almirante los relatos que se contaban sobre las hazañas de navegantes como Pedro Correa, Martín Vicente, Pedro Velasco o el portugués Vicente Díaz, todos los cuales parecen tener noticias –o al menos indicios- de islas y tierras ignotas situadas al poniente.


Pero más claro es el cronista Francisco López de Gómara: “he aquí cómo se descubrieron las Indias por desdicha de quien primero las vio, pues acabó la vida sin gozar dellas”. Y a continuación explica cuanto ya sabemos a propósito de la muerte del piloto anónimo en brazos de Colón y el trasvase de conocimientos del muerto al vivo.

 

Incluso el reconocido Bartolomé de Las Casas se hace eco del suceso y habla del desconocido descubridor, “el cual”, escribe el dominico, “en recognoscimiento de la amistad vieja o de aquellas buenas y caritativas obras, viendo que se quería morir, descubrió a Cristóbal Colón todo lo que les había acontecido y dióle los rumbos y caminos que había llevado y traído”

UN ENCUENTRO DECISIVO


Si los cronistas tienen razón y la propuesta de Juan Manzano es cierta, debemos preguntarnos ¿dónde y cuándo tuvo lugar ese encuentro? ¿Fue en Porto Santo? ¿Fue en Azores? ¿Fue en Madeira?


No hay acuerdo entre los que citan el suceso. Oviedo escribió que unos “dicen que Colón estaba entonces en la isla de la Madera e otros quieren decir que en la de Cabo Verde, y que allí aportó la carabela que he dicho”. Gómara prefiere ver el encuentro en Cabo Verde, mientras que Bartolomé de Las Casas se queda con Madeira, donde sabe, según él mismo escribió, que Colón residió durante un tiempo. Y allí cree Manzano ver el escenario “donde tuvo lugar el decisivo encuentro de los protonautas con el futuro descubridor de América”. Por tanto, no sería en Porto Santo.


¿Y cuándo? En eso, tras calcular lo que se sabe de las andanzas comerciales del escurridizo Colón, Manzano se inclina por el año 1478.
Pero, por supuesto, para que ese encuentro fuera posible y tuviera la trascendencia que todos le suponen, lo primero que tenemos que admitir es la propia existencia del piloto, de su nave derrotada y de su viaje fatal. ¿Qué dicen las crónicas al respecto?


No hay tampoco acuerdo absoluto entre los autores de aquellas narraciones sobre por dónde iba la nave desdichada antes de que una tormenta la arrojara a los pechos tremendos de la Mar Océana y se viera zarandeada hasta encallar en alguna ignota cala o arrecife. Oviedo propone como ruta de esta nave la que uniría un puerto español con Inglaterra, pero entonces habría un inconveniente terrible para creer el resto de la historia y que ya hizo notar algún autor avisado, como Taber: en esa posible ruta no hay ni vientos ni corrientes capaces de derrotar así una nave como para llevarla sin comerlo ni beberlo al Caribe.


Miremos por tanto a otro lado. López de Gómara prefiere creer que el buque iba de camino entre Canarias y Madeira, e incluso se ha dicho que llegaba de Guinea. Y entonces sí hay contexto marítimo como para que tal accidente se produjera debido a los vientos y corrientes imperantes en la zona.


Tenemos, por tanto, ya al barco en manos de los vientos y las corrientes que le alejan de su rumbo y destino, y tiempo después la quilla muerde la playa de alguna isla. ¿Cuál? ¿Llegaron realmente a América? Manzano recoge la descripción de Oviedo y ésta no nos saca de muchas dudas, pues afirma: “recosció (el piloto perdido) una o más de las islas destas partes e Indias” –él escribe “destas” porque su texto se redactó en América-.

 

Peor nos lo pone López de Gómara al afirmar que “fue a parar en tierra no sabida ni puesta en el mapa”. Pero gracias a los dioses, emerge la pluma cabal de Las Casas para ofrecer un dato correspondiente al primer viaje colombino que alegra al profesor Manzano:

“(los indios) tenían reciente memoria de haber llegado a esta isla Española otros hombres blancos y barbados como nosotros, antes que nosotros no muchos años”


Ahí está la prueba de la presencia de la tripulación perdida. Ellos serían, según sus cuentas, esos “hombres blancos” de los que hablaban los indios. ¿Por qué ellos?, se preguntará el lector, pues, según el criterio del erudito citado, porque estuvieron en esas tierras “antes que nosotros no muchos años”; es decir, no muchos años antes de que Colón y Las Casas se dejaran caer por allí.


Es muy probable, casi seguro, que el profesor Manzano esté en lo cierto y su fantástico trabajo atine con la diana, pero hay algo que no me cuadra del todo y es cómo resuelve el concepto de “no muchos años”. ¿Cuántos son “no muchos” para los indígenas? ¿El cómputo del tiempo de aquellos nativos coincidía con el de Las Casas? ¿Son “no muchos años” los necesarios entre la llegada del protonauta y la de Colón?


Recuerde el lector, y ya se verá en breve cuando viajemos en el tiempo para acompañar al Almirante en su histórica navegación, que la expedición española encontró en algunas islas a hombres y mujeres de color blanco. ¿Quiénes eran? Sin duda, no podrían ser descendientes del protonauta y sus muchachos, puesto que se acaba de decir que anduvieron por allí “no muchos años” antes, con lo que potenciales retoños suyos –sífilis de por medio, como enseguida se explicará- no habrían tenido tiempo de medrar hasta ser hombres cabales a los ojos de Colón, ¿o sí?


Puede ser que esos blancos, como avanzamos en su momento, tengan que ver con los templarios que Antonio de la Riva nos propuso en el capítulo tercero de esta biografía maldita del Almirante. O peor aún, con las gentes que procedentes del cielo, según descubriremos leyendo el diario de Colón, esperaban los nativos de aquellas tierras.

LA ODISEA DEL PROTO-ASTRONAUTA


Imaginemos cierta la tesis de Juan Manzano, algo que no nos resulta demasiado costoso puesto que intuimos que es correcta en gran medida. Y una vez admitida, leamos la reconstrucción del caso que el historiador ha realizado.
En su opinión, el accidentado viaje de aquel buque llevó a sus ocupantes a la región del Cibao, territorio que años más tarde don Cristóbal bautizará como La Española. Según esta teoría, los navegantes “se detuvieron en algún otro punto de esta isla, en la de Guadalupe y en la tierra firme del Sur (la costa de Paria)”, pero no regresaron de inmediato, sino que permanecieron allí un tiempo, lo que resultaría mortal para casi todos ellos, según prosigue la tesis del profesor Manzano.


En efecto, los cronistas –Oviedo, Gómara o Las Casas- que se ocupan de la desgraciada fortuna de estos hombres anónimos, dibujan el dantesco espectáculo de la muerte salpicando la nave en su regreso como si fuera espuma de mar.

 

Y cuando el futuro Almirante Colón los encuentra, apenas queda un hilo de vida en un puñado de hombres. Han muerto el capitán del buque y buena parte de su tripulación, pero la fortuna sonríe a Cristóbal y el piloto aún es capaz de echar un pulso a la muerte durante varios días, que son los que aprovecha Colón para, según Manzano, adquirir los conocimientos básicos para su proyecto. En nuestra opinión, solo fue la confirmación de lo que Colón sabía por otras fuentes.


¿Qué extraño mal mermó a la tripulación de la carabela derrotada?


La explicación la cree advertir Juan Manzano en el sorprendente descubrimiento que hace Colón años después en una zona norte de La Española, donde encuentra varios hombres y mujeres blancos, como ya dijimos. Parecen ser bastantes, tal vez demasiados para la explicación de Juan Manzano, creo yo.

 

El caso es que el eminente estudioso propone que aquellas gentes eran el fruto de los desahogos de la marinería perdida entre las prietas carnes de las indígenas, y para ello trata de moldear el escenario como la ocasión merece: unos hombres arrojados por un destino aterrador en medio de un mundo sin nombre; unas hembras que se pasean ofreciendo sin disimulo lo que en Europa mucho se disimulaba y más aún se tapaba; semanas de abstinencia, siempre en vísperas de la muerte…Y ocurrió lo que parece lógico, aunque no sabemos la opinión que esa lógica europea provocó en las zagalas desnudas de ropa y prejuicios católicos.

 

Y, como conclusión tras los meses que tales gestas requieren, nacieron los hombres y mujeres blancos que se encontrará Colón.


Por mi parte, ya he explicado que muchos partos me parecen a mí y que muy crecida estaba la prole para ser hombres y mujeres hechos y derechos los que por allí merodeaban teniendo en cuenta que habían pasado tal vez sólo dieciséis años del accidentado desembarco de la carabela sin nombre. Pero el caso es que Manzano lo cree así y encuentra una explicación a la enfermedad de los marineros en el contagio al contacto con las mozas taínas, las cuales les transmitieron la spirochaeta pallida; es decir, la sífilis, una enfermedad entonces desconocida en Europa. Sin embargo, el propio Manzano tiene que reconocer que el asunto del origen de esta enfermedad, que el cree americano, es “una cuestión no resuelta todavía definitivamente por los especialistas”.

 

 

Las Casas, en su Apologética Historia, parece coincidir en el diagnóstico al asegurar que “es cosa muy averiguada que todos los españoles incontinentes, que en esta isla no tuvieron la virtud de la castidad, fueron contaminados dellas (se refiere a las bubas de la sífilis), de ciento no se escapaba uno si no era cuanto la otra parte nunca las había tenido; los indios, hombres y mujeres, que las tenían, eran muy poco afligidos dellas, y cuasi no más que si tuvieran viruelas, pero a los españoles les eran los dolores dellas muy grande y continuo tormento, mayormente todo el tiempo que las bubas no salían”.


Solo en los momentos en los que la enfermedad comenzó a mostrar su cara más letal y terrible, con pústulas, fiebres y dolores insoportables, aquellos marineros perdidos y dados a la caza de la entrepierna indígena fueron conscientes de su terrible situación e hicieron planes para regresar.

 

Y entonces aparejaron su nave y buscaron el modo y manera de retornar a casa, pero en el intento muchos murieron y solo halló con vida Colón a una ínfima ración de la tripulación.


En síntesis, esa es la explicación de lo ocurrido por parte del profesor Manzano. Tal vez ocurrió así, pero sigue siendo para mi enigmático si también fue cosa de accidente que pudiera acertar aquella gente a coger la ruta correcta de regreso teniendo en cuenta que nunca jamás habían estado antes allí.


Otro aspecto del debate es el origen del piloto informante de Colón. López de Gómara habla de un “piloto español”, pero como bien aclara Manzano, eso no quiere decir que fuera español tal y como hoy lo entenderíamos, puesto que en aquella época el calificativo podría servir para cualquier peninsular, incluyendo los portugueses. Las crónicas no aclaran nada al respecto. Es verdad que Las Casas afirma haber oído que el buque había partido un infortunado día de Portugal, pero pudiera ser que la tripulación no fuera de allí.


En 1609, mucho tiempo después por tanto, el inca Garcilaso se sacó de la manga la leyenda de que aquel piloto era de Huelva y que atendió por el nombre de Alonso Sánchez. Muchos han dado crédito a esa idea, caso de Edward Rosset en su novela Cristóbal Colón. Rumbo a Cipango, pero no hay pruebas que la confirmen ni que la desmientan.

 

Manzano, muy atinadamente, advierte que si el accidente que llevó a América a aquellos hombres tuvo lugar entre 1476-77, cuando Colón vivía en Madeira, todavía no se había firmado el Tratado de Alcaçovas entre Portugal y Castilla, que fue suscrito en 1479. Y, como ya hemos escrito en otro momento, fue ese documento el que permitió a Portugal explorar en solitario la ruta de Guinea hacia las Indias por el sur, de modo que hasta entonces era perfectamente posible que un buque castellano anduviera por aquellas latitudes y se viera zarandeado por la tormenta perfecta hasta encallar a la vera de las entrepiernas taínas.


Ahora bien, si todo esto fue así y si el gran secreto de Colón fue justamente aquella información privilegiada que le confió antes de expirar el piloto desconocido, ¿cómo es que luego ha escrito sobre ello tanta gente? ¿Qué extraño secreto era ese?
El profesor Juan Manzano explica el caso diciendo que seguramente se comenzó a divulgar después de una de las noches más extraordinarias de la historia de la humanidad, la del 9 al 10 de octubre de 1492 –a ella regresaremos como se merece en capítulos venideros-, cuando Colón se ve obligado a contar su secreto mejor guardado a Martín Alonso Pinzón ante la revuelta de la marinería.

por Mariano Fernández Urresti


Explica el autor cuyas ideas resumimos que los descendientes de Pinzón se encargaron de que no apareciera aquella confesión en los pleitos colombinos que se librarán años después de modo que pudieran presentar a su antepasado, Martín Alonso, como el hombre que entregó a Colón el plano decisivo del descubrimiento, siniestro episodio que nos aguarda en páginas futuras. Con ello querían otorgar a su antepasado la gloria que debiera corresponder al protonauta.


Pero lo cierto es que si los Pinzones querían ocultar esa información para darse ellos importancia, esta explicación no explica, sino que confunde. ¿Cómo se pudo divulgar tanto el supuesto secreto de Colón? Manzano, tal vez porque cayó en la misma cuenta que nosotros, atribuye esa circunstancia a aquellas frases escritas por Las Casas sobre la presencia, según el testimonio de los nativos, de unos hombres blancos que habían estado por allí años antes. Dice Manzano que seguramente cuando los españoles supieron la lengua de los nativos y escucharon esa historia ataron cabos y cayeron en la cuenta de que el Almirante sabía algo de todo aquello.


Pero, claro, eso suponiendo que aquellos hombres blancos fueran los de la carabela extraviada y no otros; tal vez los verdaderos autores de los días de aquellas gentes blancas que Colón tropezó. Unos hombres blancos y barbados, sí, pero llegado mucho tiempo atrás.

LAS ENSEÑANZAS DEL PILOTO MORIBUNDO


¿Qué pudo decir en sus momentos postreros el piloto? ¿Qué enseñanzas aprendió de él el Almirante para su futura industria?
Por supuesto, Juan Manzano Manzano cree que toda la ciencia que Colón desplegó sobre las olas embravecidas del Atlántico años después se debió a las confidencias que con un hilo de voz le transmitió el infortunado navegante. Y aunque nunca sabremos si todo lo aprendió de él, como propone este autor, o solo confirmó lo que ya sabía, como a mi me gusta pensar, lo cierto es que el propio Almirante nos da pistas de una misteriosa conversación con alguien en España. Lean, si no lo creen, su Diario en las notas garrapateadas el día 30 de Octubre, según versión posterior de Las Casas:

“…y dice que había de trabajar de ir al Gran Can, que es muy grande, según le fue dicho antes de que partiese de España”

¿”Según le fue dicho antes de que partiese de España”? ¿Quién se lo dijo? Para Manzano, sin duda fue el piloto anónimo. Otros autores, como Emiliano Jos (La génesis colombina del descubrimiento) prefieren creer que lo había leído en la obra de Marco Polo. No pudo ser, razona Jos, la carta de Toscanelli pues ese documento lo había leído en Portugal y no en España. Pero eso no es lo que se dice en el Diario. Literalmente la frase es esta: “le fue dicho”; es decir, no que lo hubiera leído. Por tanto, alguien se lo dijo. La pregunta es quién fue ese confidente.
Según el autor de Colón y su secreto, la verdadera fuente de información que el Almirante tuvo para su proeza fue lo que en pago por su caridad le ofreció el desgraciado piloto.

 

 

¿Cuáles fueron esos informes que confió el moribundo explorador? Pues que entre 700 y 750 leguas al oeste de las islas Canarias había una multitud de islas en las cuales vivían gentes que, como Colón escribió en su Diario, no eran ni negras ni blancas, sino “de la color de los canarios”. Y que por allí iban algunos desnudos y que de isla en isla viajaban en canoas. Y entre esas islas había una más grande, que será la que Colón bautice como La Española, que poseía dos ricas minas de oro.

 

Una de esas minas estaba en una región montañosa que los lugareños llamaban Cibao, donde reinaba a sus anchas un jefecillo al que conocían como Caonaboa. El extraño nombre, traducido convenientemente, entusiasmó más a Colón, puesto que Caona significaba oro y boa podía traducirse como casa. De modo que sumó Colón las piezas y le quedó esto: Señor de la Casa de Oro, y su mente se echó a volar y se entusiasmó más, como escribiría Hernando Colón. Es decir, más de lo que ya lo estaba antes de saber todos estos detalles.


Y por el piloto aprendió que la otra mina de oro estaba más al sur. Y también tuvo noticia de algo que nos sorprenderá más adelante: la existencia de unos extraños pozos o agujeros abiertos por manos desconocidas, no por la tripulación accidentada, que los encontró allí cuando llegó. ¿Quiénes pudieron haber practicado aquellas perforaciones si los indios no disponían de instrumentos capaces de hacerlo? Si no fueron los compañeros del piloto anónimo, ¿de quién tenemos que sospechar? ¿Tal vez de otros hombres blancos? ¿De quiénes?


El moribundo habló a Colón de la existencia de una isla en la que solo vivían mujeres y a la que por allí se llamaba Matininó. Y otra isla, le dijo, estaba poblada por terribles caníbales. Era la que recibía el nombre de Carib.
Entre esas dos islas, que se situaban en la puerta de entrada a aquellas tierras, había un grupo de arrecifes y pequeñas islas tremendamente peligrosas para la navegación. En concreto, en un mapa habría que dibujarlas a 50 leguas al este, y serán las que Colón denomine después Once Mil Vírgenes.


A unas 70 leguas al sur de la isla que tenía minas de oro había tierra firme, según la supuesta confesión del piloto. Sería la costa actual de Venezuela. Le dijo que habían visto un inmenso golfo en aquella zona, que no sería otro que el actual Golfo de Paria.


Con esos datos, según se nos dice, Colón se hizo un pequeño, o monumental, lío.
En primer lugar, al parecer confundió la isla de las minas de oro con Japón, el Cipango del que hablaba Toscanelli, de modo que creyó que la tierra que había más al oeste, que no era otra que Cuba, pertenecía a Cathay, o sea, China.


Echando mano de la Biblia, el Almirante concluyó que aquellas ricas minas de oro que había en la isla de marras no podían ser otras que las mismas que enriquecieron al rey Salomón. La región aurífera del sur, la de los misteriosos pozos, tendría que ser, se dijo, la mítica Ofir bíblica. Y también añadió de su cosecha, según se ve, que la actual isla de Jamaica era la isla de Saba, afirmando que de allí había salido uno de los reyes magos para adorar al Niño Jesús. Finalmente, en su desatino al parecer creyó ver el Paraíso Terrenal en la tierra firme de Venezuela.


Sin embargo, mejor será que vayamos descubriendo todas estas aventuras a bordo de la Santa María; les prometo que será cosa de un par de capítulos. No obstante, espero que se me permita esta licencia: ¿cómo es que se atrevió a tomar posesión de aquellas tierras el Almirante en nombre de los Reyes Católicos si estaba tan convencido de estar a las puertas del reino del Gran Khan, señor de muchas riquezas y general de muchos ejércitos? Recuérdese lo escrito en el Diario el día 11 de Octubre de 1492:

“…y dijo que le diesen por fe y testimonio como él por ante todos tomaba, como de hecho tomó, posesión de la dicha Isla por el Rey y por la Reyna sus señores”

COLON, El Almirante sin Rostro

de Mariano Fernández Urresti, editorial EDAF

 

 

p

 

 

 

Ogier, el danés en una miniatura de 1490, en edición de A. Vérard.

 

LA TRADICIÓN DE ALONSO SÁNCHEZ DE HUELVA, DESCUBRIDOR DE TIERRAS INCÓGNITAS

Cesáreo Fernández-Duro


p

Casi al mismo tiempo han salido á luz dos estudios que tienen por objeto investigar el fundamento y la verosimilitud de relaciones de un navegante que se dice fué arrastrado por los temporales á fines del siglo XV hasta, ciertas tierras desconocidas en Occidente, donde tomó agua y leña, y de las que pudo volver, aunque tan trabajado por las contrariedades y las privaciones, que apenas le quedó aliento para referirlas.

 

Los autores de los dos trabajos figuran en el número de los más entusiastas admiradores de Cristobal Colón; han acudido á las mismas fuentes literarias, han analizado las versiones recogidas por los primeros escritores de Indias; ambos las examinan y desmenuzan con desapasionada intención, y por resultado, que no es maravilloso en el entendimiento humano, sacan deducciones enteramente opuestas.

 

D. Juan Pérez de Guzmán, el primero por fecha de la publicación1, viendo que Gonzalo Fernández de Oviedo consignó la especie con expresión de que así corría de boca en boca, aunque él la tenía por falsa, piensa que no anduvo acertado el cronista al reproducir hablillas del mundo especulativo y de acarreo, consciente propagador y secuaz hasta de lo que se sabe que es mentira, por adular pasiones poderosas. Pues no existía documento donde el nombre del navegante se encuentre; no habiendo la menor huella de la existencia de ese piloto ú hombre de mar, ni de los detalles que se dan sobre su pretendida y forzosa arribada á un país desconocido, debió estimarse fábula de pura fantasía, patraña inventada por la imaginación del pueblo para disminuir la gloria de Colón.

 

Los historiadores que sucesivamente fueron copiando la leyenda, como López de Gómara, el P. José de Acosta, el inca, Garcilaso de la Vega, Bernardo de Alderete, Rodrigo Caro, á juicio del Sr. Pérez de Guzmán, añadieron intencionalmente alguna particularidad para hacerla más verosímil, alimentando comidillas de malevolencia preparadas por los émulos de Colón, grandes y chicos; novelas que no descansan en ningún testimonio, en ninguna prueba ejecutiva. Por ello cree que Pedro Mártir de Anglería, el Cura de los Palacios, que gozó de la intimidad y la confianza de Colón, y posteriormente el grave y sesudo Herrera, descartaron de sus obras, dirigidas á sostener en otro rango la lealtad y la dignidad de la Historia, estas fábulas intencionadas con que la envidia, tratando de obscurecer y rebajar la gloria del Almirante, infirió la herida de su propia ruindad sobre una gloria que es de las más grandes y legítimas de la patria.

 

D. Baldomero de Lorenzo y Leal, el segundo literato aludido, ha formado, con la consideración más extensa del asunto, un libro especial, á la memoria del obscuro piloto enderezado, si bien el nombre de éste figura en la portada junto con el del Almirante, á quien ofende en el concepto anterior2. De la narración de Gonzalo Fernández de Oviedo parten también sus reflexiones, salvo que, entendiendo ser la tradición hablada anterior á la historia, halla natural que la memoria del piloto caminara de abajo á arriba, abriéndose paso desde el vulgo hasta los hombres de letras, por relacionarse con hechos de aquellos que el pueblo presencia y conserva hasta que el historiador los aprende y perpetúa.

 

Reproduciendo las opiniones de esos otros historiadores citados con las de algunos más, en la procedencia lejana, el arraigo, la continuidad de la tradición y hasta en el calor con que ha sido combatida y rechazada, no obstante la autoridad de los escritores que la apadrinaron, encuentra razones que abonan, como personaje real y figura histórica, al piloto, nombrándolo Alonso Sánchez y colocando al acto por él realizado fuera de toda duda; más claro, más evidente que muchas de las acciones de la vida del Almirante, que sin prueba documental se admiten.

 

Parécele de todo punto seguro que el mareante, bien que sin próposito ni voluntad, llegó á las costas de Haití, fijó su situación geográfica, formó idea de las condiciones de los naturales, y de los recursos que en sus manos había puesto la Naturaleza, proveyó la nave, y regresando trabajosamente, por casual contacto con Cristobal Colón, le comunicó el resultado de sus observaciones antes de morir, acabado por los sufrimientos de la jornada.

 

La noticia circularía, á su modo de ver las cosas, entre la gente de mar; no sería Colón el único que la supiera, pero Colón solo podía apreciarla acomodándola á los cálculos que ocupaban su existencia y á los indicios que cuidadosamente recogía. Por esa noticia acabaron de abrirse sus ojos á la evidencia de lo que había ociado; sin ella acaso nunca acometiera D. Cristobal la empresa de penetrar en el Océano, realizando el prodigio, admiración del mundo y asombro de la historia.

 

Alonso Sánchez de Huelva fué ciertamente su precursor en el camino; fué cimiento enterrado sobre el que se alzó su glorificación; nada por sí solo, apoyo, sin embargo, sin el que no llegara tal vez á ser Almirante el que alumbraba las hermosas tierras que él vió primero entre las obscuridades de la borrasca.

 

El reconocimiento de prioridad del piloto onubense, el homenaje de respeto á su infortunio, no perjudican á la celebridad del que ha de estimarse sin contradicción y estima del Sr. de Lorenzo, gloria de la humanidad, asombro del mundo, orgullo de la patria española. Demos á Colón, viene á decir, altísimo lugar entre los héroes; levantémosle un altar de gratitud y de admiración eternas; aclamémosle como uno de los más grandes bienhechores, mas no olvidemos á su predecesor, y cuando del descubrimiento del Nuevo Mundo se trate, pongamos; si no al lado, debajo al menos pero junto siempre de ese nombre inmortal, el del desdichado Alonso Sánchez.

 

No anda solo el señor canónigo de la Colegiata de Jerez en la generosa apreciación del marinero que, entre las agonías de la muerte, desentrañó el secreto de los mares. Muchos más han sentido la corriente simpática que, al contar la conseja popular misteriosa, establece el narrador entre el auditorio, conmovido por la desdichada suerte de la nao; es, con todo, de advertir que actualmente son los menos; las opiniones primeras, expuestas por el Sr. Pérez de Guzmán, encuentran general aceptación. Fuera de España las emitió Irving, ridiculizando la tradición, calificándola de rumor despreciable esparcido contra la fama del insigne Almirante, y las exageró Roselly de Lorgues suponiendo, con su apasionada imaginación, que fué la leyenda miserable calumnia digna del viejo Fernando, urdida por el mismo rey, lo mismo que la conspiración para dar al Nuevo Continente el nombre de un plagiario obscuro. En España han tenido estos pareceres la resonancia que la autoridad literaria, consigue comunmente; se han repetido mucho. Para investigar si con el mayor número está la mejor razón, necesario es, por tanto, examinar los argumentos.

 

Los opositores creen que el primero en dar pábulo, ya que no crédito á la tradición, fué el mencionado Fernández de Oviedo, fijándose insistentemente en los términos con que la transcribía, que por lo mismo conviene recordar.

«Quieren decir algunos, escribía, que una carabela que desde España pasaba á Inglaterra cargada de mercadurías y bastimentos acaesció que le sobrevinieron tales é tan forzosos tiempos é tan contrarios, que ovo necesidad de correr al poniente tantos días que reconosció una ó más de las islas destas partes é Indias, é salió en tierra é vido gente desnuda de la manera que acá la hay, y que cesados los vientos (que contra su voluntad acá lo trujeron), tomó agua, y leña para volver á su primero camino. Dicen más: que la mayor parte de la carga que este navío traía eran bastimentos é cosas de comer, é vinos, y así tuvieron con que se sostener en tan largo viaje é trabajo; é que después le hizo tiempo á su propósito y tornó á dar la vuelta, é tan favorable navegación le subcedió, que volvió á Europa, é fué á Portugal. Pero como el viaje fuese tan largo y enojoso, y en especial á los que con tanto temor é peligro forzados le hicieron, por presta que fuese su navegación les duraría cuatro ó cinco meses (ó por ventura más), en venir acá é volver á donde he dicho. Y en este tiempo se murió cuasi toda la gente del navio, é no salieron en Portugal sino el piloto con tres ó cuatro ó alguno más de los marineros, é todos ellos tan dolientes, que en breves días después de llegados murieron.»

«Dícese junto con esto que este piloto era muy íntimo amigo de Cristóbal Colón, y que entendía alguna cosa de las alturas, y marcó aquella tierra que halló de la forma que es dicha, y en mucho secreto dió parte dello á Colón, é le rogó que le ficiese una carta, y asentase en ella aquella tierra que había visto. Dícese que él le recogió en su casa como amigo, y le hizo curar, porque también venía muy enfermo; pero que también se murió como los otros, é que así quedó informado Colón de la tierra é navegación de estas partes, y en él solo se resumió este secreto. Unos dicen que este maestre ó piloto era andaluz; otros le hacen portugués; otros vizcaino; otros dicen quel Colón estaba entonces en la isla de la Madera, é otros quieren decir que en las de Cabo Verde, y que allí aportó la carabela que he dicho, y él ovo por esta forma noticia de esta tierra. Que esto pasase así ó nó, ninguno con verdad lo puede afirmar, pero aquesta novela así anda por el mundo entre la vulgar gente de la manera que es dicho. Para mí yo lo tengo por falsa, é como dice el Agustino: mejor es dudar en lo que no sabemos que porfiar lo que no está determinado.»



La vaguedad é incertidumbre del relato aumentaron los cronistas posteriores, diciendo unos que el navío era pequeño y otros que grande; tal que iba á Canarias, tal que á la Madera, cuál que á Irlanda; aquellos que la borrasca le arrastró á la ida, estos que la sufrió á la vuelta; quien que empleó tantos y quién cuántos días en el viaje; variando no menos en el año del suceso, en el número de tripulantes que en la nave iban y en el de los que volvieron.

 

Consideran los censores que tal variedad de versiones bastaría para desautorizar la conseja, pero que todavía á ello contribuyó el inca Garcilaso, pretendiendo afirmarla, pues había transcurrido siglo y medio desde el verdadero descubrimiento de las Indias cuando publicó sus Comentarios reales, y se le ocurrió dar forma  nueva á la tradición, asegurando haberla escuchado en la niñez á su padre y á otros conquistadores del Perú con pormenores que no se habían borrado de su memoria. No se sabe, declaraba, cuál era la isla á que aportaron los tripulantes del navío; más se debe sospechar que fué la que ahora llaman Santo Domingo. Agregaba que el piloto saltó en tierra, tomó la altura y escribió por menudo todo lo que vio y lo que le sucedió por la mar á ida y vuelta; y yendo á parar á casa de Colón, donde murió, lo mismo que los cuatro marineros que resistieron tantas tribulaciones, dejóle en herencia los trabajos causantes de su fin. Por vez primera enseñó Garcilaso, pasado tanto tiempo, que el desdichado piloto se llamaba Alonso Sánchez y era natural de Huelva, lo cual fueron repitiendo los historiadores posteriores.

 

A las objeciones responden los patrocinadores en general, y singularmente lo hace el Sr. de Lorenzo, de cuya obra me voy ocupando, que esa vaguedad, esa tan notable variante de relaciones es la mejor prueba de que no se trata de invención más ó menos ingeniosa, sino de suceso efectivo entregado á la memoria del pueblo y que, como á toda tradición oral sucede, se ha desfigurado andando por el mundo, como Oviedo dice, pero conservando un fondo de verdad tangible.

 

Empezó á controvertirse cuando planteados los pleitos de don Diego Colón, quería probar el Fiscal del Consejo de Indias, inconsideradamente, que D. Cristobal no descubrió nada; se juzgó entonces cuento procaz ideado contra los merecimientos del Almirante; sin embargo, ni entonces ni nunca ha podido contenerse la marcha constante que siguen las creencias populares, enlazada como está con sucesos de todos conocidos.

 

¿A qué, sino á la certeza de la historia de Alonso Sánchez cabe atribuir la repugnancia de gente de mar tan cursada cual la del Condado de Niebla, á navegar en dirección del Poniente? ¿A qué, sino al conocimiento de esa historia, se debió la acogida, la protección y la eficaz ayuda de los frailes de la Rábida, de los armadores de Palos, de la gente ilustrada de esa región dónde Alonso Sánchez había nacido?

 

Más todavía. Sábese que al llegar las carabelas á las islas Lucayas acudían sencillamente los naturales á contemplar admirados, a reverenciar solícitos á los que bajados del cielo creían. Tocábanles las ropas y las barbas; les ofrecían en don los objetos estimados; una fruslería de los extraños recibían por tesoro, y al marchar los seguían en las canoas, ó salían á su encuentro, arrojándose al agua si otro medio no se les proporcionaba para acercárseles. La misma impresión causaron á los insulares de Cuba; únicamente los de Haiti ó Santo Domingo huyeron poseídos de terror al aproximarse las naves, siendo necesaria la persecución para hacerlos prisioneros y el extremo del agasajo para adormecer la desconfianza y el miedo. ¿Por qué tal diferencia entre gentes de unos mismos instintos? Lo explica muy bien el P. Las Casas, testigo ocular de muchos de los sucesos que narró, diciendo: «que los primeros que fueron á descubrir y á poblar la isla Española (á quienes él trató) habian oído á los naturales que pocos años antes que llegasen habían aportado allí hombres blancos y barbados como ellos.»

 

Juzga el Sr. de Lorenzo que tal declaración no requiere comentario, pues que esos hombres no podían ser otros que los compañeros de Alonso Sánchez.

 

Como se ve, se aducen por una y otra parte, adversa ó favorable á la leyenda, razones merecedoras de discurso. Por ello, conociéndolas, al impugnar la última obra de Roselly de Lorgues manifesté3 que no me parecía baladí la historia del piloto. Entonces no pensé, ni acaso me hubiera ocurrido nunca, estudiarla con atención y emitir juicio propio á no estimularme ahora el informe que se me ha encomendado; bastaba al objeto primero la enumeración de autores que aceptan por legítima y buena la tradición de un descubrimiento anterior al de Colón, apunte que amplié posteriormente con otros motivos4 y que me prometo ensachar todavía5 á fin de que se note cuán crecido es.

 

Por experiencia propia desconfío de las tradiciones que únicamente  en la voz popular se apoyan. Rara vez dejan de tener origen puro, más por rareza subsisten sin perderlo, modificadas, embellecidas ó poetizadas en el curso del tiempo.

 

Esta de un piloto, llamárase como se quiera, que por su mal gozó un instante de la vista esplendorosa de tierras tropicales, es más añeja de lo que los adversarios aquí citados piensan. Tengo referido que en códice de Fr. Antonio de Aspa, original en la Biblioteca de esta Academia, lo consignó el monje jerónimo veinticinco años antes que saliera á luz la Historia de las Indias de Fernández de Oviedo. Como éste, aseguraba la circulación de la novela entre gente vulgar, haciendo buena la palabra del cronista del Emperador: á la suya afianzan testimonios anteriores por demás curiosos.

 

Consta en la narración ó itinerario del viaje por España en el año 1466, de León de Rosmithal, barón de Blatna, cuñado del rey de Bohemia, que cumplida la visita á Santiago de Compostela, se encaminó el noble peregrino con su comitiva á Finisterre por ver aquella nave prodigiosa de piedra (la barca de Mejía) que transportó á Dios con su Madre. Contemplando desde allí las aguas del mar, admiraba su inmensidad y misterioso arcano y alguno de los oyentes marineros le refirió como hubo quien quisiera penetrarlo. El cuento es importante, y no siendo vulgar, antes en pocas manos guardado el libro del viaje6, no parecerá ocioso transcribirlo. Dice así:

 

«Está escrito en los anales de la historia que un rey de Portugal mandó hacer tres navíos y puso en cada uno doce escribanos, con bastimentos para cuatro años, á fin de que navegaran cuanto mas lejos pudiesen en este tiempo, mandando á los de cada nave que escribieran todas las regiones á que aportasen y lo que en el mar les sucediese. Estos, segun nos dijeron, cuando llevaban ya dos años de surcar los mares, llegaron á una región de tinieblas que tardaron en atravesar dos semanas, y al salir de dichas tinieblas arribaron á una isla, y saltando en tierra encontraron unas  casas labradas bajo tierra, llenas de oro y plata, pero no se atrevieron á tocar á nada: encima de las casas había huertos y vivas (como sucede en algunas partes de Francia). Cuando salieron de aquellas casas estuvieron cerca de tres horas en la isla consultando entre sí lo que habían de hacer, si se llevarían algo de lo que allí había ó no, y uno de ellos dijo: «Soy de parecer que no nos llevemos nada, porque no sabemos lo que nos sucedería.» Convinieron todos en esto y se embarcaron; cuando á poco de empezar segunda vez á navegar, vieron unas olas como montañas que parecía que llegaban á las nubes, con lo cual todos sintieron un temor tan grande como si hubiera llegado el día del juicio, y por esto detuvieron la marcha que habían emprendido las tres naves, y deliberando entre sí dijeron: «Ya vemos lo que nos habrá de suceder, y la voluntad de Dios está patente: ¿qué conviene que hagamos, penetrar entre esas alteradas ondas ó volvernos?» A lo que respondió uno de ellos: «¿Cómo hemos de volvernos? ¿Qué cosas y qué maravillas contaremos entonces á nuestro Rey, que nos envió á este descubrimiento? Veamos más de cerca lo que es ese fragor de las ondas.» Entonces determinaron que fueran dos naves adelante y que la tercera esperase en aquel lugar, y dijeron los que habían de ir: «Nosotros entraremos por aquellas ondas; vosotros esperad aquí, y si no volvemos al cuarto ó quinto día, tened por cierta nuestra muerte.» Dicho esto, dos de las naves entraron por aquellas ondas; los de la tercera llave esperaron diez y seis días, y como los otros no volviesen, no sabiendo lo que fuese de ellos, llenos de terror dieron la vuelta á Lisboa, ciudad grandísima y cabeza de Portugal, adonde llegaron después de dos años de ausencia.

»Cuando entraron en el puerto, las gentes de la ciudad les salieron al encuentro y les preguntaban quiénes eran y de donde venían. Ellos respondían que eran aquellos que el rey había enviado á explorar los confines de la mar para que escribiesen las maravillas que vieran; algunos decían entonces: «Nosotros estábamos también presentes cuando el Rey envió aquellas naves y no iban en ellas hombres de vuestro continente y tan canos, sino mozos de veintiseis anos.» Esto era un gran milagro de Dios, porque los navegantes tenían en la ciudad y sus cercanías muchos  deudos y de ninguno eran conocidos por estar tan canos como los árboles cubiertos en el invierno de escarcha.

»Cuando anunciaron estas cosas al Rey de Portugal, se admiró mucho de que hubieran envejecido tanto, no habiendo estado en el mar sino poco más de dos años, y decía: «Todo lo que eso, hombres cuentan de que yo los envié, y las de más cosas, es verosímil y probable que lo sepan, porque quizá se hayan apoderado de las naves, matando á los que iban en ellas, pero antes les contarían los mandatos y encargos que les recomendamos. Les preceptuamos que después de salir de Finisterre, si llegaban á algunas islas ó regiones desiertas ó les ocurría alguna fortuna de mar, lo escribieran y anotaran todo, para lo cual pusimos treinta y seis notarios, doce en cada nave.»

»Cuando llegaron al Rey, éste les dijo así: «Amigos, ¿qué ha pasado que habiendo enviado tres bajeles, sólo uno ha vuelto?» Y ellos contestaron: «Clementísimo Rey, todo te lo contaremos. Cuando tu majestad puso en cada bajel doce escribanos que anotaran cuanto viesen en la mar, partimos de la costa y estuvimos navegando quince meses, en cuyo tiempo juzgamos que habíamos andado seis mil millas, sin que nos detuviera impedimento ni obstáculo alguno, y teniendo vientos muy favorables. Después, al año y medio de nuestra partida, llegamos á una región del mar tenebrosa y oscura, que atravesamos en dos semanas, abordando luego á una isla que tendría tres leguas de ancho y otras tantas de largo, y desembarcando en ella la recorrimos y examinamos durante tres horas; allí vimos bellos edificios labrados bajo tierra, llenos de oro y plata, pero sin gentes, y nada tomamos. Sobre aquellas casas había jardines y viñas muy hermosas; viendo esto nos reunimos y dijimos: hemos encontrado grandes é inauditas riquezas, pero si nos llevásemos algo de ellas no sabemos lo que después sucedería. Entonces dijeron algunos: es nuestro parecer que no tomemos nada, sino que volvamos con presteza á nuestras naves, porque tal vez evitaremos así algún peligro; y, en efecto, nos embarcamos sin que ningún mal nos sucediese.

»Partiendo de allí estuvimos navegando algún tiempo y volvimos á las mismas tinieblas, y deliberamos si debíamos entrar en ellas ó volvernos; algunos no querían volver, porque el Rey nos había mandado que fuésemos hasta donde las naves pudiesen llegar, para notar lo que viésemos; se resolvió al cabo que entrásemos en aquellas oscuridades, y navegamos por ellas algún tiempo hasta salir al Océano abiertó y claro: yendo adelante algunas leguas, descubrimos unas ondas tan grandes, que sus cimas parecía que tocaban al cielo, y hacían tan horrible estrépito que, transidos de temor, todos nosotros creímos que era llegado el último día. Entonces consultamos de nuevo si atravesaríamos por aquellas ondas ó sería mejor volvernos; los que iban en las otras dos naves nos dijeron: quedáos aquí con el tercer bajel y nosotros iremos el ver más de cerca lo que es eso; esperadnos cuatro días, y si no volvemos tened por cierto que hemos perecido; dicho esto se metieron entre el fagor de aquellas ondas; les esperamos en aquel lugar diez y seis días, y como no venían, teniendo miedo de pasar adelante, y queriendo volver, nos dirigimos á Lisboa, adonde, en efecto, hemos llegado.

»Estas cosas están escritas, como las referimos, en los Anales de Portugal.»

 

Es de suponer no habrá, quien presuma que la leyenda portuguesa, por vieja contada reinando Alfonso V, se forjó también en 1466, atentando previsoramente á la gloria de Colón, antes de saber en España ni en Portugal tampoco, que hubiera de venir á pretenderla. Aventurado sería, sin embargo, asegurar que la garantía del viajero bohemio satisfaga á los celosos de la fama, sin tacha de D. Cristobal, y que entre tantas cosas peregrinas, con motivo del centenario escritas, alguna otra no les ocurra que decir de la especial envidia española, no advertida en las memorias de los Dorias, de los Espínolas, de los Pescaras, de los Farnesios, de tantos italianos que ilustraron la historia nacional, y por ellos denunciada ahora con depravado carácter póstumo, en los que no son de su modo de pensar, relativamente á las cualidades del egregio Almirante7.

 

Pedro Mártir de Angleria, otro italiano elogiado sin cortedad, trataba en tiempo oportuno de la envidia que despertaba su conterráneo, en términos merecedores de recuerdo.

 

Colón habia recorrido más de 335 leguas de la costa de Cuba sin hallar el cabo, y teniendo por cierto que tocaba en las tierras de la India oriental, cuyo camino ofreció descubrir, porque despues de acabado el viaje nadie tuviera, causa con malicias, ó por mal decir y apocar las cosas que merecen mucho loor, requirió al escribano para que fuese á las tres carabelas y requiriese á su vez á la compaña, entre la que habia maestros de cartas de marear y muy buenos pilotos, los más famosos que él supo escoger, que dijesen si tenian dubda alguna que esta tierra no fuese la tierra firme al comienzo de las Indias, y fin á quien en estas partes quisiere venir de España, por tierra, e que si alguna dubda ó sabiduría dello toviesen, que les rogaba que lo dijesen, porque luego les quitaria la dubda y les faria ver que esto es cierto, y ques la tierra firme; poniéndoles pena de 10.000 maravedís por cada vez que lo que dijere cada uno que despues en ningun tiempo el contrario dijese de lo que agora diria, e cortada la lengua; y si fuese grumete ó persona de tal suerte, que le darian ciento azotes y le cortarian la lengua8.

 

Con estas razones juraron todos los presentes, como se pedía, que era Cuba tierra firme, y se extendió testimonio, con fecha 14 de Enero de 1495, para que en todo tiempo hiciera fe.

 

Como en el siguiente viaje vió el descubridor la costa de Paria, y Ojeda, Guerra, Pasudas, Vicente Yáñez, Lepe, fueron reconociendo el litoral, el mencionado Pedro Mártir escribía en Agosto de 14939: «Los que después la han registrado (la tierra firme) quieren que sea el continente indio y que no lo es Cuba, como piensa el Almirante, pues no faltan quienes se atrevan á decir que lean dado vuelta completa á Cuba. Si ello es así, ó si por envidia de tan gran descubrimiento buscan ocasiones contra este hombre, no me atrevo á juzgarlo, dirálo el tiempo.»

 

En efecto, aunque murió Colón en 1506 sosteniendo la opinión de ser Cuba una de las provincias del Gran Kan, el piloto Juan de la Cosa se atrevió á diseñar á Cuba como tal isla en su grandioso mapa mundi de 1500, ó sea seis años antes.

 

Tengo para mí que no más que en el trazado de la carta influyó en la tradición del consabido piloto la pasioncilla roedora, que se supone generatriz por malquerencia del Almirante. Los que la tachan de invención despreciable no se han fijado, al parecer, en que el más interesado, el Almirante mismo, consignó en sus memorias10 que un marinero tuerto, en el Puerto de Santa María, y un piloto, en Murcia, le aseguraron haber corrido con temporal hasta lejanas costas de Occidente, donde tomaron agua y leña para regresar. Los nombres no comunicó, ni dijo hasta qué punto las confidencias se extendieron, mas la declaración confirma plenamente, en lo esencial, aquello que entre la gente de mar corría por válido. Que el piloto muriese en su casa y le legara los papeles, adorno añadido puede muy bien ser; que el piloto existió y de su boca supo cómo había ido y vuelto de las tierras incógnitas, confirmado por él está.

 

La falta de conformidad en las narraciones, la mención de un andaluz, de un portugués, de un vizcaíno, en alternativa héroes de la tragedia náutica, se aprovechó, por amigos de Colón sin duda, para insinuar que él mismo fué el descubridor misterioso arrastrado por la fortuna en una de las travesías que hacía á la isla de la Madera. No he visto citada esta curiosa interpretación por los que combaten ni por los que defienden la leyenda; se halla en libro poco manejado. El autor de las Elegías de varones ilustres de Indias la dió, poniendo á continuación de las primeras versiones de ser castellano el náufrago:

 

 

«Otros quieren decir que este camino

 

 

 

Que del piloto dicho se recuenta,

 

 

 

Á Cristobal Colón le sobrevino

 

 

 

Y él fué quien padeció la tal tormenta.».

 

 


 

Cuidóse de buscar testimonio de aprecio el beneficiado de Tunja, añadiendo11:

 

 

«Para confirmación de lo contado,

 

 

 

Algunos dan razón algo fundada,

 

 

 

Y entre ellos el varón Adelantado

 

 

 

D. Gonzalo Jiménez de Quesada;

 

 

 

Pues no teniendo menos de letrado

 

 

 

Que supremo valor en el espada,

 

 

 

En sus obras comprueba, por razones,

 

 

 

Ser estas las más ciertas opiniones.»

 

 

 
 

En cuanto á certeza, á las memorias de Colón habremos de atenernos; á la que nos declara no haber sido uno solo el confidente, que lo fueron, apuntado queda, un marinero tuerto, en el Puerto de Santa María, y un piloto, en Murcia, sin hacer cuenta del portugués Pedro Vázquez, en Huelva, que por otros documentos parece.

 

Con las indicaciones vulgares se vislumbra ya, desde luego, que hubo más de una expedición ó aventura desgraciada, y que vascos, andaluces y portugueses intentaron la empresa que Cristobal Colón llevó á cabo.

 

De haberlo hecho los cantabros hay memorias. Sábese que, desde el siglo XIII, perseguían á las ballenas hasta los mares del Norte, y muchas presunciones recogidas por Garibay y Henao, apoyadas con documentos por mí reunidos12, dan motivo á pensar que antes que Colón naciera, sin propósito deliberado y sin consecuencia utilitaria alguna, hicieron escala y provisión de agua dulce en la costa Noroeste americana los audaces pescadores.

 

Ragistradas están asimismo autorizaciones de los monarcas portugueses para buscar por el Poniente islas ó tierras, quedando repetidas noticias de naos que salieron del puerto sin volver. El cuento de Rosmithal encierra, en su fabulosa sencillez, idea muy clara del fenómeno de la pororoca observado por Colón, por Vicente Yáñez Pinzón, por Lepe, con no menos espanto que los lusitanos, sorprendidos por las olas alzándose á las nubes, avanzando con ruido atronador contra las naves y arrastrándolas cual leve arista.

 

¿Se negará solo á los andaluces, émulos de sus vecinos en la negociación de la Mina y esclavos de Africa, aliento para intentar lo propio que ellos?

 

En los anales del Condado de Niebla quedan vestigios de su actividad marítima en el siglo XV, atestiguados en continuación por el referido Pedro Mártir, al escribir con referencia, especial del puerto de Palos13: «todos los del pueblo, sin exceptuar alguno, están dedicados á las cosas de la mar y ocupados en continuas negociaciones». Por algo seguramente se decidió que en Palos se preparara la expedición de descubierta14.

 

«La designación del sitio y lugar desde cuyas aguas para el misterioso viaje zarparía, se debió á Colón, puesta entre muchas cosas suplicadas, como decía él, á los reyes y por los reyes concedidas. Así el historiador capital suyo, el P. Las Casas, lo confirma cuando con referencia natural á Palos dice: «para donde pidió á sus altezas que le diesen recaudo para el viaje.» Fué á Palos porque no había comarca española tan industriada en cosas del mar tenebroso como la extendida entre la desembocadura del Guadiana y la desembocadura del Guadalquivir; porque no había marinos más familiarizados con las expediciones á Occidente y más conocedores de las Canarias y del África y vecinas; porque aparte su instrucción y sus viajes, no halló en parte alguna Colón la copia de noticias é indicios, ni el inteligente y activo amparo que allí, donde acababa, so la sombra del monasterio franciscano, la tierra occidental, y parecia el infinito abrirse y explayarse á los viajes y á las exploraciones»15.


 

Ni fenomenal ni raro parecerá que de tierra de pilotos pudiera salir uno más.

 

Tomé Cano, que no era literato, sino hombre de mar, natural de las islas Canarias, dedicado á la construcción naval, escribió un Arte de fábrica de naos, que se dió á la estampa en Sevilla, año 1611, y refiriendo en el proemio el casual descubrimiento de las islas oceánicas antes que lo hiciera Colón, decía: «Lo cual es así cosa certísima fuera de toda opinion y que así se platica y sabe hoy en la isla de la Madera y entre los viejos marineros de Portugal, el Algarve y lo que llaman el Condado [de Niebla]. E yo lo supe desta suerte de alguno dellos que conoció aquel tiempo y fijé de él, y lo decía por cosa muy llana, y muy pública.»

 

En el esclarecimiento del suceso no es menos dificultoso lo que atañe á la personalidad, porque los primeros en recoger la leyenda, como él P. Aspa, no lo hicieron de los nombres. Garibay, Galardi, Mariana y el portugués Gaspar Estaço, lo pasaron por alto; Fernández de Oviedo y López de Gómara, antepusieron en las versiones al piloto andaluz, pero sin insinuar cómo se llamaba: lejos de ello el último confesó no tenerlo averiguado, diciendo: «Hé aquí cómo se descubrieron las Indias por desdicha de quien primero las vió, pues acabó la vida sin gozar de ellas y sin dejar, á lo menos sin haber memoria de cómo se llamaba, ni de dónde era, ni qué año las halló; bien que no fué culpa suya, sino malicia de otros ó envidia de lo que llaman fortuna.»

 

Confirmaba la ignorancia el P. Acosta atribuyéndola á más grandes causas: «Así sucedió, escribía, en el descubrimiento de nuestros tiempos cuando aquel marinero, cuyo nombre aún no sabemos, para que negocio tan grande no se atribuya á otro autor sino á Dios.»

 

Por tales declaraciones, cuando posteriormente publicó Garcilaso de la Vega que el héroe se llamaba Alonso Sánchez y fué hijo de Huelva, no satisfecho Solorzano objetaba: Nullo, quod sciam, fundamento ductus, Alphonsum Sanchez, nominatum scribat. Verdad es que el escrupuloso legista lo era doblemente en lo relativo á las Indias y pecaba de escéptico en materia de los descubrimientos16. Otros escritores pensaron que siendo Garcilaso historiador de crédito y no habiendo por medio interés ni causa para sospechar de su buena fe en el particular, era de admitir que no inventó el apelativo, sino que lo oyó pronunciar, como asegura, á los contemporáneos que referían la historia, para la veracidad de la cual tanto valiera un nombre como otro.

 

Mientras más pruebas no parezcan, aconsejará la prudencia repetir con Oviedo: Melius est debitare de occultis quam litigare de incertis; pero el hecho es que después de Garcilaso se ha admitido y pasa sin reparo el nombre de Alonso Sánchez de Huelva por expresión ó fórmula del viaje infortunado á las Indias; díganlo el P. Feijóo, Abad y Lasierra, Ferrer y tantos otros críticos, entre los cuales Fernando de Montesinos nada menos pensaba que se llamase, no Colonia, de Colón, sino Alfonsina, de Alonso Sánchez, la tierra nueva occidental17.

 

Independientemente de la personalidad, si se estudian y comparan las diferentes versiones de la conseja con el criterio profesional que ayudó á D. Bernardo de Estrada á penetrar más que otros su probable significación, en la obra inédita que de Alonso Sánchez trata18, hay que hacer separación de lo posible y de lo fantástico. Ningún marinero admitirá en los movimientos de la atmósfera la verdad de borrascas que duren meses, ni el efecto de arrastrar embarcaciones por miles de leguas en una misma dirección. Como se concibe y explicaría, el suceso á favor de las luces de la Oceanografía y las de la Historia juntas, es de este modo:

 

Una, de las naves que desde las costas de España ó de las islas Canarias ó Azores salieron en épocas diversas á buscar las tierras de la Antilla, de Siete Ciudades ó de San Borondón, sin cesar nombradas por los mareantes viejos, se dejaría llevar por las brisas constantes del Este y Nordeste, navegando con mar bonancible, temperatura, suave, grato ambiente, y llegó sin contratiempo alguno á dar vista á la tierra, en toda probabilidad de Santo Domingo. Los tripulantes hubieron de experimentar las impresiones de la novedad; reconocieron en más ó menos extensión la costa, adquirieron muestras de las producciones naturales ó de la industria de los indígenas, y ansiosos de regresar á la patria con la nueva, trataron de desandar lo andado, por el mismo camino. Entonces la fijeza de aquellas brisas les dió á entender la diferencia que en buque de vela hay de navegar con el viento y contra el viento, harto averiguada por Colón en el cuarto viaje, cuando obstinándose en barloventear por la costa de Honduras, en sesenta días avanzó setenta leguas. Los marineros de la historia forcejearían días y días mientras el agua y los víveres duraran; acabados, arribarían otra vez á Haiti para proveerse de lo que los insulares poseían; repetirían dos, tres, acaso cuatro veces la tentativa, y ya porque la experiencia se lo aconsejara, ya porque prolongando la bordada al Norte salieran incidentalmente de la zona de los alíseos, lograron hacer rumbo á esta península, habiendo consumido mucho tiempo, destrozado los aparejos, gastado la salud y la vida puestas á prueba de continua penalidad y trabajo, sin reparadores alimentos. Los sobrevivientes fueron con todo afortunados, porque la ley natural á que obedecen en el golfo los vientos y corrientes y el empeño natural también de volver por los mismos pasos, han sepultado en el Océano á los exploradores de suerte ignorada, siendo esa ley física la causa principal de que siglos atrás no se estableciera la comunicación entre los dos continentes.

 

Descubriéronla los tristes náufragos; la comunicaron, no precisamente á Colón, ni á título reservado, á las personas de su relación ó contacto; pero pocas ó ninguna más que Colón poseían el discernimiento necesario para estimar el valor de la noticia y utilizarlo á su tiempo. La perspectiva de hallar casas con tejas de oro, hábilmente dibujada por Martín Alonso Pinzón cuando estimulaba á los indecisos marineros; la explicación de Pedro Vázquez de la Frontera del mar del Sargazo al decir que verían las aguas cubiertas de hierba y que sin temor las surcaran, seguros de llegar á tierra; las particularidades aludidas por Pedro de Velasco y otros pilotos, recogidas en autos19 indican con evidencia que en Huelva, en Palos, en la Rábida como es presumible, se sabía, con verdad lo que en las leyendas anda encubierto, contribuyendo á la aceptación de los planes del desconocido proyectista.

 

Colón, quien lo duda, aprovechaba toda especie de indicios en confirmación de la exactitud de sus cálculos y presupuestos, pero formada como estaba su resolución sobre más sólida base, no influían directamente en ella. Sin saber palabra del viaje de Alonso Sánchez, hubiera emprendido el suyo hacia la India gangética del ideal acariciado; lo que no podrá del mismo modo asegurarse es que, á no saberla, volviera nunca á la corte de Castilla y no dejara el cuerpo y la fama en el fondo del Atlántico, confundida su memoria entre la de tantos desgraciados intentos.

La resolución con que una vez registrada la isla Española puso el Almirante la proa en el Norte y sin vacilar se vino por tan extraño modo trazando desde la primera vez derrota que, como él, trajeron, Pinzón, Antonio Torres, Pero Alonso Niño, Ojeda, sin ensayar nunca el camino trillado; la resolución que hoy mismo marcan los progresos de la náutica, tenía que obedecer á disciplina anticipada; al descubrimiento de ese Alonso Sánchez, á menos que se acepte la intuición sobrenatural ó el señalamiento de los rumbos en la carta de Colón por inspiración de la Providencia20.

Tuvo pues Cristobal Colón (dice otro escritor moderno21 probabilidades de tierras ultramarinas, y debió tenerlas, y sin ellas jamás le fuera lícito exponer su vida y la de los hombres que le entregaban las suyas.

 

Pero ¿puede acaso llamarse descubridores de América, ni lo son, cuantos columbraron la existencia de aquellos continentes, ú los que se admita ó algún día llegue á probarse que de hecho aportaron á las playas americanas, ora queriendo, ó bien llevados allá por no poder resistir al empuje de los vientos ó a las corrientes del Océano?

 

Ha tropezado hasta ahora la tradición del piloto de Huelva con el celo exagerado de aquellos que en cualquiera observación hecha á la vida ó viajes de D. Cristóbal presumen aviesa intención en menoscabo de su persona. Por ellos se ha prolongado la discusión de los precursores en la empresa, negando el arribo al mundo colombino, cada vez más claramente demostrado, de los fenicios, de los cartagineses, de los escandinavos y de diversos pueblos asiáticos. Por ellos se hace caso omiso de haber consignado el Almirante en el segundo viaje, que en poder de los caribes de la isla de Guadalupe, se hallaron restos de la popa de una nao europea y también una marmita de hierro que por sí no podían haber fabricado, como se calla que en el viaje emprendido el año 1501 por los hermanos portugueses Corterreal, que perecieron en la mar, vieron los compañeros, allá por Terranova, un trozo de espada dorada y unos pendientes de plata, labrados de mano artistica, en las orejas de una india22.

 

Por de contado, nada tienen que ver tales expediciones ignoradas ú olvidadas sin fue produjeran resultados, con la comunicación efectiva abierta entre las dos mitades del orbe, ni al autor de este incomparable beneficio empecen los conatos de los que no la consiguieron. A los inventos se llega de ordinario por tanteos infructuosos cuyo mérito resume el que en último término los desvela.

 

Ni á la gloria legítima de Colón, que á los ojos de los hombres de ciencia le inmortaliza, ni el la que el aura popular acuerda al éxito obtenido, afecta la verdad de historia tan combatida. Colón podrá deber en parte el último de los lauros al descubrimiento del piloto onubense. Alonso Sánchez lo debe todo á Colón, sin el cual ni su trabajo encontrara aplicaciones, ni su nombre saliera del círculo de los mareantes que compadecían su desventura. Mas en justicia, así como gloria inmarcesible goza el descubridor de las tierras oceánicas, gloria toca en proporción al navegante precursor, por maestro del camino del Océano, sin que lo que al uno se dé al otro se quite, que incomparables son en todo las condiciones.

 

En este sentir abundaba el P. Torrubia, juzgando por el párrafo que voy á copiar23.

 

«El desgraciado Alonso Sánchez quedó en la región del olvido en una común sepultura de que no hay memoria después de habernos dado un mundo entero. Yo admiro y no puedo olvidar en su invención (aunque casual), una notable especie de heroicidad que se refunde en sus fieles observaciones. Aquel derrotero que hizo del primer viage de la América, ese fué el que la descubrió á Colón, y este almirante el que con animo intrépido, sublime espíritu, pecho generoso y corazón magnánimo, salió, navegó, buscó, halló y dió á León y Castilla el Nuevo Mundo que será lustre eterno de su memoria y blasón distinguido de su familia. Quien supiere que Bulkeldio, porque inventó la preparación de los arenques, tuvo un sepulcro tan magnífico que lo visitó Carlos V, disculpará el exceso que yo haya cometido en hacer esta visita á las cenizas de Alonso Sánchez.»


Quien supiere, agrego por mi parte, que la ciudad de Boston en los Estados-Unidos de América ha erigido estatua, inaugurada con magníficas fiestas, al northman Leif Eriksen porque se presume que en el siglo XI, al igual del perdonavidas de Cervantes, llegó allí, fuése y no hubo nada, discurrirá que con más razón pudiera levantarla Huelva al piloto humilde que honra, al mismo tiempo que su nombre, el de la marina española.

 


La tradición de Alonso Sánchez de Huelva, descubridor de tierras incógnitas
Cesáreo Fernández Duro

 

Fuente: http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/80261663989693164754491/p0000001.htm#I_0_

 

 

LEER ARTÍCULO EN SU CONTEXTO ORIGINAL

 

 

 

p

 

 

INICIO WEB GRANADA HISTORIA  EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA