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La plasticidad en Internet y la comicidad de los espejismos
Milagros Soler Cervantes
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The Tempest
Sé que algunos de vosotros os asomáis de vez en cuando a echar un vistacillo, por esta, vuestra Web. A vosotros, cómplices y amigos, os dejo mis reflexiones sobre la experiencia que compartimos hace ya, siglos... Para los que me ayudaron en la bitácora de Funcionadministrativa.com Especialmente a Maricarmen, Juan y Alejandro. A Jose. A Miguel Ángel. Un abrazo y mi reconocimiento a todos vosotros.
Granada, 26 de Marzo de 2.007
Una buena amiga, psicóloga de nacimiento y luego por titulación universitaria, al explicarle ciertas situaciones que había vivido en una página Web de Internet, para ayudarme a comprender y a salir de mi asombro por lo que estaba sucediendo en ella, me puso por comparación y como ejemplo, el fenómeno que en Neuropsicología se llama plasticidad; es decir, la capacidad que tiene el cerebro para minimizar las lesiones importantes, asumiendo sus células las funciones de las lesionadas.
O al menos, algo parecido entendí. Aunque tengo que confesar que mas hubiera asociado yo los hechos a la palabra plasta, tal y como viene definida en nuestro diccionario de la lengua castellana.
Ella cree que allí pasó eso. Si continuáis leyendo, tal vez lleguéis a la misma conclusión. Si continuáis leyendo, entenderéis porqué lo dice. Os cuento.
Windflowers
He aprendido, dura experiencia, que cuando participamos con nuestras colaboraciones en una página Web, como la honradez de algunos de los que la integran no sea tal, habremos puesto nuestro nombre y nuestra fama, irremisiblemente en peligro. Puede que, al abandonar el Sitio, también nos quede cierto sentimiento, si no de frustración, sí de tiempo perdido. Entonces comprenderemos que hemos dejado de ser dueños de nuestra voz, de nuestras ideas y tal vez, hasta de nosotros mismos. Eso, por el cambio que en nuestra personalidad ha dejado la experiencia. Internet permite ese tipo de juegos que, desde la ambigüedad, las insinuaciones o las imitaciones, nos dejan indefensos en el intento de mostrar a todos nuestra verdadera identidad.
Quedamos a merced de lo que quieran o puedan pensar de nosotros. Hasta ahí, entendemos que es lógico que suceda eso, ya que exponemos nuestras ideas y opiniones a la vista de todos. Sin embargo, en Internet, es posible que resultemos mucho más vulnerables que en cualquier otro medio, ya que pueden hacerse pasar por ti pero sin asumir tu firma, con la intención de que los demás crean que eres tú quien actúa y opina de una determinada manera pero sin quererte dar a conocer. De esa forma, van configurando un falso perfil que nada tiene que ver con nuestra verdadera identidad, pero con el que nos terminan asociando. Resulta prácticamente indemostrable que nuestros clones son precisamente eso: clones.
Es inútil que repitas hasta la saciedad que nada tienes que ver con esta o con aquel, que tú no has escrito eso o aquello y que has dejado de participar en ese lugar definitivamente. Tan inútil como decirle a un toxicómano que se puede vivir sin la droga, que incluso ha podido dejar de tomarla, después de haberla probado. Una buena puesta en escena por parte de los interesados para que parezca que seguimos ahí puede hacer que nuestro espectro siga planeando meses y meses por el lugar en el que ya no estamos. Pretenden así minimizar, negar, las consecuencias de la agresión.
Si los que han sido compañeros tienen interés en mantener su prestigio a costa del nuestro, la cosa puede llegar a alcanzar cotas de hilaridad insospechadas. Cuidado. No digo que seamos personas de prestigio para ellos, sino que el hecho de aparecer como clientes suyos (aunque nos consideren tontos), los dignifica. Ese clientelismo interesa a su imagen. No es que contemos como personas: somos un número más que engrosará su estadística de acólitos. A otros, sencillamente su orgullo no les permite aceptar que somos capaces de prescindir de ellos. Incluso hay quien se negará rotundamente a aceptar este hecho. Después de tomar la decisión de dejar definitivamente el Sitio, pasaremos por distintas fases. Es fácil adivinar lo que escucharemos en esos días:
—No te rindas... sigue... No tengas en cuenta esas tonterías...
Esas tonterías han podido ser traiciones, mentiras, desengaños, insultos... Pero en eso no entran. Algunos de los que nos lo piden tampoco es que les importemos mucho. Los hay que expresan su apoyo histriónicamente para publicitar su espíritu solidario. Otros lo hacen para no ver mermada su comunidad, ya que eso les puede hacer sentirse más débiles; sobre todo si cabe la posibilidad de que cunda el ejemplo. Sólo los que verdaderamente te aprecian se interesarán por tu estado psicológico y emocional, recomendándote que, si algo te hace daño, trates de olvidarlo para siempre.
Si realmente no te rindes y mantienes tu decisión de no continuar allí, se inicia una segunda fase en la que, por no sé qué tipo de mecanismos intelectivos, te empiezan a identificar con otras personas, en un estúpido intento de no aceptar (ante sí mismos y los demás) que los has abandonado definitivamente. Empieza el rosario de insinuaciones tales como:
—Tu eres este, tu eres aquella... Has dicho esto o aquello...
Y contemplamos horrorizados como nos asocian a personas con las que nada tenemos que ver, pero a las que nos vinculan por algún inexplicable nexo. Sírvanos la experiencia para saber la imagen que hemos estado dando, sin olvidar que viene impregnada de la personalidad del que la emite. Al mirarnos a través de los demás, vemos las deformidades del espejo en el que nos contemplamos. Puede ser demoledor.
Bien. Pues si esa estrategia tampoco da resultado, se endurecerá, pero bajo la mismas directrices. Entramos en la tercera fase, la de provocación insultante y el desprestigio personal, feroz. Se trata de conseguir que caigas en la trampa de tener que defenderte, obedeciendo al instinto natural de proteger tu fama ante los demás. Como son opiniones que no merecen ni tu atención ni tu respeto, simplemente las ignoras. Eso suscita la furia de los agresores. Se ponen a tramar nuevas artimañas. El espectáculo debe seguir.
Psyche Opening
the Door into Cupid's Garden Cuando empiezan a darse cuenta de que posiblemente te hayas marchado y no pueden seguir ocultándolo, entramos en la cuarta fase: Llegan los emisarios.
Se inicia la ida y venida de mensajeros que actúan bajo la fórmula de poli malo, poli bueno. Messenger, correos electrónicos, llamadas de teléfono... Esa etapa es la peor. Entran en juego tus fidelidades y tu ego, tu ira y tus ganas de justicia, resarcimiento y, ¿por qué no decirlo?, también de venganza. Conviene estar rodeado de buenos consejeros para no caer en la tela de araña.
Mientras tanto, la ceremonia de la confusión ha hecho su efecto: Ya nadie sabe quien es quien. Todos sospechan de todos como presuntos auténticos o presuntos suplantadores. Parte de la victoria de los jefes de pista está conseguida. Sin embargo, ante eso no conviene que alteremos nuestra conducta contemplativa: es un triunfo temporal e imaginario. Conviene seguir como espectadores, dedicándonos al dolce far niente, recordando que en el pecado va la penitencia. O dicho de otra manera, los que tienen una condición, reincidirán en su actitud, dando lugar a que se repitan los hechos. Es cuestión de tiempo que acaben encontrando quienes los pongan en su lugar. Seguramente, tienen ya una buena trayectoria en eso de hacer amigos.
Dolce far niente
No obstante, y a pesar de nuestra laxitud, es en este momento cuando conviene recordar a los verdaderos amigos que hemos dejado ahí, todavía inmersos en tal dinámica y bajo la influencia de esa vorágine, que nuestras inquietudes ya son otras, que su presente es nuestro pasado y que si realmente dudan de nuestra palabra, nos están señalando como personas mentirosas, incapaces de enfrentarse a sí mismas y a los hechos, sin voluntad para mantener sus decisiones. Cuestionan nuestra calidad como personas. Ponen en peligro nuestra relación de amistad.
Este es el momento de recordar a los amigos que hemos dejado, que eso es lo que verdaderamente nos hace daño.
No llega a destruirnos tanto la campaña de desprestigio o las mentiras de nuestros adversarios, desvirtuados por su propia conducta, como las dudas de los que tenemos cerca, porque de alguna manera, supone el triunfo real de los que han montado el teatro y la intriga. Lo que se hace insuperable, insoportable, es la falta de fe y confianza que tienen y manifiestan en nosotros, aquellos en los que hemos tenido fe y confianza.
Ophelie
Además, cabe añadir, que adoptando esa actitud, se atribuyen la potestad de hacernos perdonadores de aquellos que nos han agraviado. Suponernos junto a ellos implica aceptar su presencia como buena, sancionar positivamente su conducta.
Y en mi caso, se equivocan. Porque ni olvido, ni perdono. No tengo la dudosa virtud de prodigar el perdón, sobre todo hacia aquellas personas que ni lo han pedido, ni se lo merecen. Ni perdono a los que me ofendieron (si es que acaso tuvieron capacidad de hacerlo), ni olvido su condición como personas. Sería condenarme a cometer los mismos errores de ingenuidad. En ese sentido, como en otros, tonterías, las precisas.
Sin rencor, pero con decidida contundencia, hago estas afirmaciones.
Tal vez perdonar sea uno de los atributos que tienen los dioses y los buenos samaritanos. Yo no soy ni una cosa ni otra.
Tal vez perdonar sea un estímulo para que reincidan los agresores, amparados en la impunidad que nuestra generosidad mal entendida, les concede. Me niego a mí misma la aureola de generosidad que otorga el hecho de perdonar. Lo hago en aras de la rectificación de los culpables. Pero sobre todo, para evitar que el daño que hicieron, pueda proyectarse en nuevas víctimas.
Someto mi falta de indulgencia a la vuestra. Pido perdón, por si mi sinceridad os ofende, sin esperarlo. Os ruego que aceptéis que me marché y no he vuelto. Esta sí soy yo, con las valoraciones que queráis extraer en vuestras conclusiones.
Creeros lo que podáis. Creeros lo que os sea necesario creer para poder seguir ahí. Es más, haced —si así os lo parece—, que los demás crean que pensáis lo que mejor os convenga.
Seguid ahí, si entendéis que lo que pasó fue digno. Pero no me pidáis que ni lo apruebe, ni que participe del engaño. A los amigos que dejé les digo, que es hora de que empiecen a aceptar que ya no estoy. Y a olvidar, serenamente.
Sweet Summer
M*
Pinturas de J. W. Waterhouse
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